Ahora —dijo la maestra— cada quien en su libro repase la lección del OSO que acabamos de leer.  “Oso, ese oso, se asea así. Si se asea así ese es su oso”, empezamos a balbucear cada quien en su lugar.

El chiquillo se levantó, se acercó a la Maestra —Iroko, sí, así se llamaba, Iroko Aoki Maki— y era mi maestra de Primero de Primaria.

El escuincle le dio dos ligeros jaloncitos en la batita azul claro que siempre usaba, mientras nos daba clase.

— Maestra —le dijo—, dice él (al decir esto me señaló con índice de fuego el muy chismoso), dice él que está enamorado de Usted y que cuando sea grande se va a casar con Usted.

—¡Maldito delator!— No recuerdo si se lo dije, si lo pensé en voz alta o si era adivino el muy desgraciado.

La maestra Iroko lo tomó de la mano, lo condujo a su lugar y poniendo su blanquísima y delicada manita oriental sobre mi cabeza nos dijo:

—Bueno para eso falta mucho, así que mientras esperamos, ustedes sigan repasando la lección del OSO y no se distraigan con cosas ajenas a la lectura.

Eso de casarse yo creo que lo inventó; un niño de seis años a mediados de los sesenta no pensaba en eso, bueno, salvo mi compañerito.

La verdad es que sí admiraba a mi maestra de Primero. Era una japonesita en toda la extensión de la palabra, no creo haber conocido muchos nipones en ese entonces, aún faltaban 50 años para la invasión masiva de los hijos del Sol Naciente a la Ciudad de Irapuato donde viví ese hecho, pero su carita redonda, su color de piel tan claro, sus ojos rasgadísimos y su nombre la delataban; no había duda, era japonesa o hija de japoneses, ya que hablaba perfectamente el español y era maestra de mi escuela primaria Carlos Zapata Vela.

El hecho de ser el más pequeño de estatura en el grupo de Primer Año me daba el privilegio de acaparar constantemente la atención de mi Maestra.

A todos nos atendía por igual, pero era obvio que al llevarnos al salón siempre era a mí a  quien tomaba de la mano. Y me la volvía a tomar al ayudarme a hacer una “O” redonda o mis incipientes ejercicios de caligrafía básica.

Una mañana sí y otra también, en cuanto mis hermanas me dejaban en la fila de los niños de Primero, me quedaba hecho un mar de lágrimas y ahí estaba ella lista para consolarme, para secar mis lágrimas, para cargarme si era necesario, y varias veces lo fue.

Mi maestra inolvidable
Mi maestra inolvidable

Por las tardes, al despedirnos en la puerta del salón, acariciaba mi rebelde cabello delicadamente y mirándome fijamente a los ojos me deseaba que descansara. Yo me sonrojaba y escondía la cara.

Así transcurrió aquel año lectivo (entonces entrábamos en enero y salíamos creo en octubre) entre osos que se aseaban, Pepes que pedían la pelota, Lupes que se la pasaban, Luises que la pisaban y canciones de la “Ga, gue, gui, go y gu”.

Terminó el ciclo escolar y con ello el contacto diario con mi oriental maestra. Pasé a segundo con la Maestra Beatriz, que era una señora joven bastante impersonal, que evitaba al máximo el contacto físico con los alumnos y que no se permitía ningún acercamiento a ellos más que para lo más esencial en el desarrollo de su función docente.

Al pasar a tercero, nos cambiamos de ciudad y dejé atrás todo contacto con mi primera maestra.

Hará cosa de 25 años, abusando de mi privilegiado acceso a la lista de todos los clientes de la Compañía Telefónica para la que trabajaba, busqué su nombre. Quería saludarla, saber de ella; confirmar que no siguiera esperando que cumpliera mi promesa matrimonial hecha en el lejano 1964 a través de un chismoso portavoz.

Pero me fui de espaldas, había por lo menos 20 personas con el mismo nombre. Dejé las cosas por la paz, era como buscar una aguja en un pajar.

Entiendo que a estas fechas debe de ser una ancianita de al menos 80 años, felizmente casada, llena de hijos y de nietecitos con ojos rasgados y piel amarilla.

Seguramente no guardará un solo recuerdo de aquel flacucho y chillón enamorado infantil, al que cargaba y consolaba, mientras le enseñaba las primeras letras.

Cierro los ojos, la imagino con su inseparable batita azul a la puerta del salón de Primero y vuelvo a ver sus ojos rasgados mirándome fija y cariñosamente, mientras pone su mano en mi cabeza y me dice “mañana te espero, que descanses”. Gracias maestra Iroko, igualmente, que descanse Usted donde quiera que esté.

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