La grosera reacción de la titular de la Comisión Nacional de Cultura Física y Deporte, Ana Gabriela Guevara, en contra de las nadadoras mexicanas que lograron un oro histórico en la piscina mundial esconde algo más que el desprecio burocrático: la funcionaria profiere una agresión —injustificable— a las mujeres, las cuales son las más vulnerables en la estructura deportiva de México.
La violencia de su lenguaje contra las seleccionadas nacionales es amoral y, tristemente, deplorable. Más grave todavía cuando provienen de una mujer, de una exatleta y de una medallista olímpica, que padeció la inequidad de género y el machismo.
La señora Guevara puede plantarse en una razón administrativa y jurídica para impedir que la Federación Mexicana de Natación reciba recursos públicos hasta que no se aclare su situación legal. Así lo hizo Nelson Vargas contra las federaciones de basquetbol y boxeo.
Pero su tozudez y abuso de poder son imperdonables porque —ya quedó demostrado— en verdad atenta contra la preparación de las deportistas de varias disciplinas acuáticas.
Ya se sabe que los verdaderos patrocinadores de los atletas mexicanos son sus padres, sus familias y sus amigos muy cercanos. Pero en este problema hay un acento: Guevara debe saber que las mujeres han batallado desde hace muchos lustros para imponerse a sus entornos, en los cuales no estaba bien visto que se dedicaran a los ejercicios físicos de “gran desgaste”. En el boxeo, en el futbol, en el waterpolo y en otros deportes “de hombres” ellas han logrado hacerse de su propio relato con grandes resultados.
Las mexicanas que viven en el decil más pobre de la economía —datos del INEGI— son las que menos deporte practican en el país. Pobreza y desprecio han jugado un papel adverso para que ellas puedan disfrutar de esas vocaciones. Guevara no sólo las desprecia, a pesar del triunfo: las humilla, las acusa de mentirosas y de “construir una novela”: de vender trajes de baño, calzones, tuppers y otras chácharas.
Debiera ser al revés. Como mujer —y aquí no hay sectarismo de género, porque en el deporte no existe—, Guevara debió reconocer que las niñas y jóvenes hacen un doble esfuerzo por llegar a la cima del deporte internacional. Debió encontrar la manera de financiar el viaje y los viáticos para que las nadadoras pudieran competir sin distracción alguna. Debió —incluso— pedir ayuda a Carlos Slim, Arturo Elías Ayub y a la Fundación Telmex para sufragar esos gastos. Debió hacerlo ella, no ellas.
Pero a la funcionaria le sobra rencor. Obediente al discurso de odio de su jefe, incita a la división y a la degradación. Y sus destinatarias, irónicamente, son las atletas, por las que siente un peculiar desprecio. Guevara no sólo está obligada a respaldar los procesos deportivos de las deportistas de alto rendimiento: también de las obreras, de las estudiantes, de las paralímpicas, de las amas de casa, de las niñas y jóvenes, quienes sin un aparato sólido del Estado nunca podrán realizar una actividad física o recreativa.
La señora de la Conade simplemente no sincroniza con la realidad de México, que ya se ve no le importa, tampoco tiene ojos para ver que este gobierno, bajo su administración, ha hecho del deporte un desastre.
Twitter: @LudensMauricio