Mauricio Mejía

La canela y los clavos

Antes fue estrella global que referente popular. Ahora que vuelve a Guadalajara intenta, según él, meterse en el corazón de “su gente”. Quizá lo logre

05/05/2023 |07:13Mauricio Mejía |
Redacción Querétaro
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Tampoco él es responsable. Le tocó nacer en otros tiempos, en otra forma del entretenimiento. Es cierto que Saúl El Canelo Álvarez no ha logrado convertirse —como muchos de sus antecesores: Toluco López, Púas Olivares, Sal Sánchez o Julio César Chávez; la lista es larga— en un ídolo indiscutible del boxeo mexicano. Es cierto que ha llenado un vacío mundial de grandes exponentes del noble arte. Tampoco es su culpa: cumple con disciplina la tarea que exige el mundo postpop. Hace mucho que lo popular dejó la aldea para convertirse un espectáculo global.

Álvarez tenía dos años cuando cambió para siempre el ambiente del boxeo mexicano. En 1992, con la pelea entre Julio César Chávez y Héctor Macho Camacho, nació el “pago por evento”, con el cual las transmisiones dejaron de estar “al alcance” de todos los mexicanos, como había sucedido desde la llegada de la televisión al país en los primeros años 50. 
Antes, la radio había convertido a los primeros campeones en ídolos con las épicas narraciones de Pedro El Mago Septién y Antonio Andere, entre muchos más. Las funciones de Raúl El Ratón Macías en la Plaza de Toros México —por ejemplo— silenciaban la Ciudad de México. Los héroes, sostiene Octavio Paz, dan sentido a sus localidades. La Arena Coliseo fue el lugar en el que nacieron los ídolos populares de La Lagunilla, de Tepito y de la Bondojo.

Las funciones sabatinas de la televisión abierta permitieron que los aficionados siguieran  —round tras round— las exitosas carreras de otros grandes como Chucho Castillo, Carlos El Cañas Zárate o Pipino Cuevas. Imposible olvidar el knock out que propinó Salvador Sánchez a Wilfredo Gómez en 1981. Aquella serie de golpes fue transmitida en directo desde Las Vegas. Quienes la observaron, siguen recordando aquella noche como si  hubiera sucedido el sábado pasado. El relato dejó testimonio en periódicos nacionales y revistas especializadas. El boxeo era patrimonio nacional en el que la lucha de clases desparecía durante doce rounds. El ídolo —venido de los barrios populares— era aplaudido y festejado hasta por la burguesía, palabra que entonces significaba algo.

Con la llegada del “pago por evento”, se rompió el romanticismo entre el venerable y el campeón. Y cuando las televisoras intentaron volver al viejo formato se dieron cuenta de que habían perdido afición y boxeadores. Las transmisiones se volvieron irregulares y las funciones, mediocres. Juan Manuel Márquez, en sus combates con Manny Pacquiao, hizo creer en los viejos tiempos.

Al Canelo le tocó jugar en otra esquina. Antes fue estrella global, que referente popular o local. La industria le utilizó como fenómeno “mexicano” y pagó por sus peleas grandes fortunas. Ahora que vuelve a Guadalajara, intenta —según él— meterse en el corazón de “su gente”. Quizá lo logre.

Lo cierto es que en la Arena del hiperconsumo su nombre es un conglomerado de empresas, entre las cuales sólo en una es activo, CEO y afanador: cuando se sube al ring. El romanticismo ha cambiado, pero el refrán popular sigue diciendo lo mismo: “El amor no se vende”. El campeón vive entre la canela y los clavos.
 

Twitter: @LudensMauricio

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