Karol Wojtyla no sabía que sería papa —Sumo Pontífice, es decir Gran Puente— cuando se apoderó del título de guardameta de un equipo de aficionados de Cracovia, en la que nació en 1920. Luego, se volvería un gran jugador de ajedrez. Luego, sucesor de Pedro. Wojtyla, el más popular entre los católicos, fue un deportista empecinado. Vio, bajo el arco, las puertas de los cielos y la caída de los muros, obra de la que fue parte.
Otros poetas, como Eduardo Chillida, quien miraba las esculturas del viento, o Vladimir Nabokov, quien seguía mariposas en el vuelo, compartieron el noble oficio de “cuidar” las llaves del arco y la lira. En ese trabajo, hay una contradicción de narrativas: unos se parecen al heredero que cantó tres veces antes del gallo. Y, otros, al personaje de Dante, en Comedia, el Can Cerbero; el de las tres cabezas que cuidaba lo insondable. El gol, como pecado y como penitencia.
Sólo los poetas tienen posibilidad de observar al portero; el que no se mueve, pero lo mueve todo. Antonio La Tota Carbajal fue eso: un poeta sin alas que volaba sobre el césped y sin pedir permiso a la grandilocuencia. Albert Camus y José Alfredo Jiménez, nuestro poeta de fiesta y desgracia, también cuidaron el marco de la victoria y de la derrota.
Francisco Franco motivó a dos grandes poetas: Rafael Alberti y Miguel Hernández. Los dos escribieron poemas memorables sobre porteros. El primero a Franz Platko —Oso grande de Hungría— y, el segundo, a Lolo —Ante tus puertas se formó el tumulto—.
El portero es el más romántico de los personajes del futbol. La Tota Carbajal es, indirectamente, un “encuentro” con la España franquista.
Tenía siete años cuando reventó la Guerra Civil española; nació en 1929.
Un vidriero —al que llamaban Peque— llegó a México huyendo de la dictadura. Logró hacerse de una casa en la calle Copérnico de la colonia Anzures, en Ciudad de México. La casa —deshabitada— existe todavía. Dicen aquí que Peque, esposo de Lolita —como la novela de Nabokov—, sugirió a Antonio Carbajal que se inscribiera al Oviedo, equipo de barrio. La Santa María la Rivera era, entonces, una colonia vital de la capital. Allí, en el Oviedo, Antonio Carbajal conocería a un oriundo de Dolores Hidalgo, Guanajuato, que se convertiría en el gran compositor del México del siglo XX: José Alfredo Jiménez, entonces arquero del cuadro santamarino.
La Tota se hizo cargo del puesto de arquero del Oviedo cuando el tal José Alfredo —las amarguras no son amargas— se decidió por el oficio de vate. Sin saberlo ninguno, los dos serían inolvidables. El primero por sus versos; el segundo —aunque suene poco deportivo—, por sus cinco copas. Carbajal fue el primer futbolista en participar en cinco ediciones de la Copa del Mundo. Llevó con orgullo los colores del León, en donde —dice José Alfredo— la vida no vale nada.
Carbajal, el portero-poeta inolvidable, creyó que el futbol debiera ser honesto al derecho y al revés. Su idea de la pelota era sincera: nada sobre ella, ni intereses ni compromisos. Fiel a sí mismo, nunca eludió la responsabilidad que tienen los futbolistas en el estado de ánimo de los espectadores, a los que respetó de cuerpo entero. Hay un vacío desde su partida. Y no se llenará porque los poetas y los porteros faltarán siempre.
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