La idea tan arraigada en nuestra cultura de que "los hombres no lloran" se vino abajo tras la derrota de Argentina por España y la eliminación de México por Inglaterra. Durante casi un mes, quienes seguimos de cerca los partidos de la Copa del Mundo, pudimos observar a jugadores, entrenadores, aficionados y hasta a comentaristas llorar con la salida de cada una de las selecciones nacionales del campeonato y con las despedidas de Memo Ochoa, de Cristiano Ronaldo y de Lionel Messi.
Es una pena que los hombres necesiten un pretexto (como el Mundial de fútbol) para llorar sin el temor del juicio ajeno. Reprimir ciertas emociones, como la tristeza, la ternura o el miedo, es consecuencia de los estereotipos de género con los que los hombres son educados y que les autorizan cuándo, por qué y cómo llorar: llorar tras una derrota importante está bien; llorar tras una victoria, no tanto.
En México, como en muchos países del mundo, la expresión de emociones como dolor, desesperanza o impotencia se asocia con debilidad y vulnerabilidad, algo que los hombres han sido educados para evitar a toda costa. El investigador del Centro de Investigaciones y Estudios de Género de la UNAM, César Torres Cruz, señala que, “ser hombre es equivalente a ser fuerte, arriesgado, temerario, enfrentar el peligro, aunque en la vida cotidiana eso tiene efectos nocivos para nosotros. Por eso es muy probable que muramos más jóvenes, por agredirnos o por no acudir al médico y así demostrar que uno resiste todo el tiempo."
Sin embargo, esta castración emocional muchas veces se sobrelleva con el uso de estimulantes como el alcohol. Para muchos hombres, beber es un acto catártico necesario para espantar demonios porque, al consumir alcohol, las emociones se perciben y expresan de otra manera. "No lloro yo, llora el mezcal" es una forma de explicar que se llora por la pérdida, la muerte o la separación. Consumir alcohol ayuda a justificar una de las emociones que los hombres no solo tienen permitidas, sino que además se ve como "natural": la agresión.
El mandato de masculinidad, definido por Rita Segato como "los imperativos que ha de cumplir el varón, para desempeñarse como tal, desde que nace hasta que muere", tiene una relación directa con las emociones que sí están permitidas a los hombres: ira, agresividad, competitividad, estoicismo y la normalización de la violencia.
Promover entornos en que los hombres puedan expresar sus emociones de manera no violenta reduce el estrés, la ansiedad y la depresión. También disminuye el aislamiento, el abuso de sustancias, el suicidio y otras conductas de riesgo. Esto les permite construir relaciones más íntimas, proteger su salud mental y física, mejorar la convivencia social y el bienestar de la comunidad en general.
Cambiar la forma en que los hombres expresan sus emociones requiere de espacios seguros que inviten a la reflexión y les permitan aprender a expresarse sin violencia.
Los hombres sí lloran. Es su derecho.
Maricruz Ocampo