Maricruz Ocampo Guerrero

Las mujeres no somos de nadie

Ayer me topé con la nota del bautizo de la hija del gobernador de Nuevo León en medios nacionales.

Me llamó la atención que un evento familiar mereciera tanta prominencia sobre todo habiendo tanto que reportar en nuestro país: el precio de la gasolina, el berenjenal que traen en Morena y las negociaciones entre México y Canadá, entre muchas otras cosas.

Sin embargo, lo que más me brincó en esa nota fue la forma en la que se hace referencia a las mujeres. A todas sin excepción, le aplican el "de alguien".

El uso del "apellido de casada", como coloquialmente se le llama a pegarle el apellido del marido al nombre de una mujer, es una tradición que insiste en no morir.

Esta forma de marcarla como propiedad de su esposo, es una costumbre que surge en México entre la "alta sociedad" y que toma fuerza en el siglo XIX, primero en las élites y luego entre toda la población.

Si bien, ese nombre no tiene validez oficial (a menos que se realice de manera formal ante el registro civil) se emplea con frecuencia en medios de comunicación para referirse a las esposas de políticos y empresarios, como una manera de indicar que el estatus de ellas proviene de su relación con ellos.

Esta práctica "periodística" contribuye a seguir colocando a las mujeres en una posición de subordinación, en la que se les arrebata cualquier mérito propio, porque su único mérito pareciera ser, casarse con quien se casaron.

Por eso causó revuelo que la presidenta Claudia Sheinbaum nombrara a la Corregidora por su nombre de pila, y quitara para siempre el “de Dominguez”, que la había cargado por siglos con el peso de un cobarde.

Ella, Josefa Ortíz Téllez-Girón, merece, igual que muchas otras mujeres en México, ser nombrada como protagonista su propia historia, sin tener que llevar a cuestas el peso de las acciones e inacciones de su marido.

La presión social de usar el apellido del marido, ha llevado a que muchas mujeres tengan problemas legales a la hora de demostrar su identidad. Esto es especialmente grave para aquellas que contrajeron matrimonio en los 60s y 70s, cuando era común que, al finalizar la boda civil, la persona oficiante le dijera a la mujer “ya puede firmar como casada”. Por eso el apellido de casada aparece en todo: escrituras, testamentos e incluso actas de nacimiento de sus hijos e hijas y no coincide con su identificación oficial.

Sería interesante saber, por ejemplo, qué sentía Margarita Zavala Gómez del Campo, una mujer de la política por derecho propio, que por seis años cargó con el apellido de su marido, para cumplir con un convencionalismo social. Había que preguntarle a las parejas de los gobernadores y presidentes municipales que opinan de que los medios les roben la identidad.

El apellido de casada como marca de alcurnia decimonónica debe desaparecer de una vez por todas de los medios de comunicación. Ya es hora de que entiendan que las mujeres no somos de nadie, más que de nosotras mismas.

Titular de Aliadas Incidencia

Estratégica e integrante de la

Red Nacional de Alertistas.

FB: maricruz.ocampo

Twitter: @mcruzocampo

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