El llamado "pacto patriarcal", es una complicidad invisible y tácita entre hombres que opera en círculos privados, universidades, tribunales y espacios públicos, garantizando que los agresores de mujeres sean protegidos y las víctimas, cuestionadas.

El reciente caso de violación denunciado en la Universidad Cornell, Estados Unidos, ilustra esta dinámica de manera burda. Las acusaciones contra siete estudiantes y las subsecuentes omisiones, lentitud en los procesos de investigación y la crítica de la comunidad académica a la administración universitaria, revelan cómo las instituciones priorizan su "reputación" por encima de la seguridad de sus estudiantes. Cuando una universidad, empresa o autoridad falla frente a la violencia sexual, refuerza la idea de que los "hombres" tienen inmunidad, validando una cultura donde el consentimiento es opcional y el poder masculino intocable.

Este fenómeno no es un incidente aislado; es un problema global. En España, el caso de "La Manada" durante los Sanfermines mostró la impunidad que perpetúa un sistema judicial que no entiende que la violencia sexual no requiere golpes físicos, sino la anulación de la voluntad de la víctima. Por otro lado tenemos el caso de Gisele Pelicot en Francia, que expone el horror absoluto cuando la masculinidad hegemónica se torna narcisista y cosificadora. Pelicot, al renunciar a su anonimato, desnudó el pacto patriarcal ante el mundo, obligando a su esposo y a sus más de setenta cómplices en la red de abusos que consideraban "privada", a enfrentar la justicia.

México vive esta realidad con una crudeza asfixiante. Según datos del INEGI, la violencia contra las mujeres sigue siendo una epidemia estructural marcada por la impunidad. Cada día, miles de mujeres son violentadas en el hogar, en la calle, en la escuela y en sus trabajos. Esto no es accidental; es el resultado de un sistema que revictimiza a las mujeres, obligándolas a demostrar su "honestidad" o su resistencia física, mientras los perpetradores circulan libres bajo el manto protector de las autoridades. La masculinidad hegemónica en México se alimenta de esta impunidad, donde la violencia contra las mujeres y niñas se sigue confundiendo, erróneamente, con un ejercicio legítimo de autoridad masculina.

Desmantelar el pacto patriarcal requiere mucho más que discursos institucionales o reformas legales superficiales. Exige una ruptura radical con la complicidad masculina. Mientras los hombres sigan guardando silencio ante los comportamientos abusivos de sus amigos, colegas o pares por miedo a perder su pertenencia al grupo, la violencia seguirá siendo el lenguaje de poder dominante. La verdadera masculinidad debe aprender a ser cuestionada y responsable; de lo contrario, seguiremos contando los nombres de las víctimas en los muros de las universidades, en las portadas de los diarios y, lamentablemente, en las estadísticas de una nación que no logra detener el horror.

Maricruz Ocampo

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