Maricruz Ocampo Guerrero

El circo político de los vecinos del norte

Parece que muchas personas en México han decidido ignorar las elecciones de Estados Unidos con una ingenuidad casi enternecedora, como si lo que pasa en la casa del vecino no fuera relevante para México. Nada más falso. Las elecciones en Estados Unidos no son solo un evento democrático pintoresco; son un ejercicio de masoquismo diplomático en el que México, principal socio comercial de Estados Unidos, se transforma en piñata de cualquier candidato republicano con sed de votos baratos.

Y ahora, con la posibilidad real de un Donald Trump ocupando la Casa Blanca mientras los demócratas controlan ambas cámaras del Congreso, la situación de México adquiere tintes de tragicomedia. Algunos mexicanos ilusos celebran la llegada de los demócratas como si eso nos fuera a blindar contra los arrebatos presidenciales. No entienden que el presidente estadounidense, sintiéndose acorralado, será mucho más peligroso para México porque Trump necesitará alimentar la fantasía de fortaleza de MAGA y convertirá a nuestro país en blanco de aranceles, amenazas migratorias o despliegues de seguridad que no excluyen la posibilidad de una invasión a nuestro territorio.

Mientras nuestra clase política local hace del silencio su única estrategia y observa de lejos cómo se acerca la tormenta, insiste en pretender que el T-MEC es un escudo de acero invencible contra los caprichos de un mandatario impredecible. La realidad es que nuestra dependencia es tal que cada berrinche en la Casa Blanca se traduce en incertidumbre para las empresas en Querétaro y en todo el país. Si algo hemos reaprendido con el regreso de Trump al poder, es que la soberanía mexicana se devalúa con cada mensaje hostil que el mandatario estadounidense publica de madrugada.

La verdadera tragedia es que nos hemos acostumbrado a ser espectadores pasivos de nuestro propio destino. Creemos que la geopolítica es algo que hacen otros, mientras aquí nos contentamos con aplaudir una integración económica que, en el fondo, nos mantiene pobres y atados de manos. Las elecciones estadounidenses no nos importan por una cuestión de cultura política; nos importan porque cada voto en Iowa o Florida define si cerramos la fábrica mañana o si tenemos que renegociar nuestra dignidad bajo presión.

No nos engañemos: la estabilidad es una ficción cuando tu vecino es gobernado por una persona impredecible que, desde el día en que lanzó su campaña, ha volteado hacia el vecino más débil como el bully que domina en el recreo.

En la relación con Estados Unidos, nuestra independencia es solo un eufemismo de nuestra vulnerabilidad. Seguir pensando que estamos aislados del show de los vecinos no es solo ingenuidad, es negligencia. En ese espectáculo siempre tenemos boleto de primera fila, aunque la función sea a costa de nuestro bolsillo y nuestra soberanía. Ya es hora de renunciar a ser simples espectadores de ese circo político y dejar de ser el blanco de las consecuencias de los errores ajenos.

Maricruz Ocampo

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