Mariana Martínez Dionicio

Rojo sobre rojo

El arte es político, aunque a veces no pretenda serlo. Lo es porque revela tensiones, visibiliza desigualdades y exhibe aquello que no queremos mirar

El pasado domingo el país se sacudió. Estuvimos pegados a la televisión, intentando entender la magnitud de la ola de violencia que atravesó el país. Fue un día doloroso. Incómodo. De esos que nos recuerdan que la realidad puede irrumpir cuando menos lo esperamos. Y cuando la violencia irrumpe, el arte también se incomoda. Porque el arte no solo está hecho para embellecer paredes o decorar museos; también puede convertirse en un instrumento político, en un espejo incómodo que nos obliga a mirar lo que preferiríamos evitar. Puede recrear ese sentimiento de tensión, de fractura, y desde ahí, intentar sembrar preguntas que nos muevan hacia el cambio. Por eso, esta semana quiero contarte sobre algunas obras mexicanas que no celebran la violencia, sino que la confrontan. Obras que nos recuerdan que el dolor colectivo también tiene memoria.

Uno de los artistas más representativos de México es José Clemente Orozco, uno de los muralistas consagrados del país. En 1926 realizó un fresco en el Antiguo Colegio de San Ildefonso, de la Ciudad de México. La obra se titula La Trinchera y representa los estragos de la Revolución Mexicana. En el fresco observamos tres figuras masculinas cuyos rostros permanecen ocultos. No hay identidad individual: hay un solo cuerpo colectivo. Las figuras reposan sobre una gran roca angulosa, con clara influencia de la fragmentación cubista, que intensifica la sensación de tensión. El primer hombre porta un cinturón con cartuchos y parece desplomarse hacia el centro de la composición. El segundo yace boca abajo; sus brazos caen extendidos, formando casi una cruz, en una postura que remite al sacrificio y a la derrota. El tercero se encuentra arrodillado, cubriendo su rostro con el brazo, en un gesto que podría ser dolor o desesperación. El fondo rojo invade la escena. No es decorativo. Es simbólico. Ese rojo evoca el derramamiento de sangre durante la Revolución, pero también intensifica la carga emocional del mural. Las líneas son marcadas, duras, nada sutiles. Orozco no busca suavizar la escena; busca incomodarnos. Aquí no vemos victoria ni gloria revolucionaria. Vemos vulnerabilidad, dolor y miedo.

Otro de los artistas representativos de México es Diego Rivera. En 1934 pintó en el Palacio de Bellas Artes uno de sus murales más poderosos: El hombre controlador del universo. Al observarlo, el mural parece dividirse en dos mundos que coexisten en tensión. De un lado, el poder económico, la élite, los círculos cerrados donde las decisiones parecen tomarse lejos de quienes las vivirán. Del otro, la colectividad, los trabajadores, la esperanza puesta en la organización social. En el centro, un hombre con una máquina monumental. No sabemos si controla el universo o si apenas intenta comprenderlo. Esa ambigüedad es lo que incomoda. El artista no nos ofrece una respuesta sencilla. Nos coloca frente a una pregunta incómoda: ¿quién mueve realmente las fuerzas que determinan nuestro destino?

El arte es político, aunque a veces no pretenda serlo. Lo es porque revela tensiones, visibiliza desigualdades y exhibe aquello que no queremos mirar en la rutina diaria que tantas veces pasamos por alto. Sin duda el arte no detendrá la violencia. Sin embargo, nos recuerda que esta no es un fenómeno aislado y que la historia, cuando no se cuestiona, tiende a repetirse. Pero, ¿tú qué opinas? ¿crees que el arte siempre es político?

*Lic. en Historia del Arte y Curaduría

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