Octubre llegó rapidísimo. De pronto, las películas de terror y las calabazas vuelven a ser protagonistas. Debo admitir que es uno de mis meses favoritos: durante unas semanas, aquello que normalmente evitamos o que nos da miedo encuentra un lugar en nuestra vida cotidiana. Decoramos con fantasmas, buscamos historias de monstruos y elegimos películas que probablemente nos harán dormir con la luz encendida. Lo que antes nos hacía apartar la mirada comienza a despertar nuestra curiosidad. El miedo sigue ahí, pero ahora queremos acercarnos, conocer su historia y descubrir qué hay detrás. Algo parecido puede suceder frente a una obra de arte. Hay imágenes que, a primera vista, parecen horrendas por lo que muestran o por lo que nos hacen sentir. Este octubre quiero invitarte a mirar algunas de esas imágenes. Y para comenzar, me gustaría contarte acerca de uno de los grandes artistas españoles: Francisco de Goya.
Entre sus obras más conocidas están las llamadas Pinturas negras, un conjunto de catorce pinturas realizadas directamente sobre las paredes de la Quinta del Sordo, una casa que adquirió en 1819. Una de ellas es Saturno devorando a un hijo, que me parece una de sus obras más macabras, pero también más sorprendentes. Lo que más me sorprende de la pintura es la mirada de Saturno. Sus ojos están desorbitados, abiertos de una manera que me hace pensar en el pánico. Yo veo una figura aterrada, aferrada al cuerpo que está destruyendo, como si ni siquiera en ese instante pudiera sentirse a salvo. La escena es terriblemente violenta. El fondo negro parece tragarse todo lo que rodea a la figura, mientras la palidez del cuerpo y el rojo de la sangre hacen imposible ignorar lo que sucede. Mis ojos vuelven una y otra vez al rostro de Saturno. Hay algo profundamente inquietante en encontrar miedo en quien está causando tanto horror.
Esa mirada también me hace pensar en la vulnerabilidad del propio artista. Una grave enfermedad dejó a Goya sordo, y entre las hipótesis que intentan explicar lo que padeció está el saturnismo: una intoxicación por plomo que algunos investigadores han relacionado con los pigmentos que utilizaba para pintar. La posibilidad resulta estremecedora: los mismos materiales con los que creaba pudieron haber dañado su salud. No sabemos si el pánico de Saturno refleja un miedo personal de Goya, pero al observarlo me resulta difícil separar a esa criatura de la persona que la pintó. Pienso en lo que sucede cuando dejamos de confiar en nuestro propio cuerpo: en el temor a morir y en la incertidumbre de seguir viviendo cuando nuestra vida cambia de una manera que no elegimos. Detrás de esos ojos desorbitados imagino a un hombre intentando darle forma a aquello que no podía controlar. Quizá pintar el horror fuera una manera de acercarse a él, de hacerlo visible y sostenerle la mirada.
La próxima semana me gustaría seguir contándote sobre otras pinturas que, como esta, nos inquietan y al mismo tiempo nos invitan a mirar más de cerca. Octubre apenas comienza, y todavía hay muchos monstruos en el arte cuyas historias vale la pena conocer.