Mariana Martínez Dionicio

Los monstruos que nos habitan II

La semana pasada te conté sobre los ojos de Saturno y el miedo que me provoca encontrar una mirada aterrada en una figura capaz de causar tanto horror. Esta vez quiero hablarte de otros monstruos: aquellos que aparecen cuando cerramos los ojos y que, durante unas horas, parecen tan reales como todo lo que nos rodea.

Quiero contarte sobre La pesadilla, realizada en 1781 por Henry Fuseli. En esta vemos a una mujer dormida sobre una cama, con el cuerpo abandonado y la cabeza vencida hacia atrás. Su rostro parece tranquilo; sin embargo, sobre su torso descansa una criatura que parece un demonio. Su peso me hace pensar en la angustia de estar atrapada en una pesadilla, en esa sensación de querer despertar sin conseguirlo. Me gusta pensar que Fuseli le da forma a lo que ella siente mientras duerme, aunque no necesariamente a lo que está viendo en sus sueños.

Detrás de las cortinas asoma un caballo con ojos blanquecinos. Su mirada me resulta difícil de descifrar y su presencia vuelve la escena todavía más extraña. Las cortinas, la oscuridad y la luz que cae sobre el vestido blanco hacen que la habitación parezca un escenario teatral, como si acabáramos de descubrir algo que estaba ocurriendo a escondidas. Una cama, un lugar tan familiar, se convierte en el espacio donde el miedo adquiere cuerpo. Lo que más me inquieta es que ella parece no saber qué hay sobre su torso. Nosotros podemos ver a la criatura, pero ella permanece con los ojos cerrados, indefensa ante esa presencia.

Dormir implica una confianza en la que pocas veces nos detenemos a pensar. Cada noche cerramos los ojos y dejamos de vigilar lo que sucede a nuestro alrededor. Nos permitimos quedar indefensos porque creemos estar a salvo. Al mirar esta pintura pienso en esos segundos en los que el sueño todavía no termina de soltarnos. El corazón sigue acelerado y cualquier sombra parece sospechosa. Sabemos que lo que soñamos no sucedió, pero el miedo tarda un poco más en irse. Esa criatura me recuerda cuánto puede pesar algo que nadie más puede ver. Con Saturno me inquietaba encontrar miedo en los ojos de un monstruo. Frente a esta mujer, me inquieta no poder verle los ojos y tener que imaginar lo que está viviendo. Quizá por eso, al despertar de una pesadilla, buscamos algo familiar: el borde de la cama, una voz conocida, la luz del pasillo. Necesitamos comprobar que estamos de vuelta, aunque una parte de nosotros siga atrapada en aquello que acaba de imaginar.

El arte nos ayuda a acercarnos a esos miedos, a los monstruos que, de alguna u otra forma, habitan en nosotros. Pienso en ese demonio sobre el cuerpo de la mujer. A mí me parece que ella no sabe que está ahí, pero tal vez el sueño sea el único momento en que puede encontrarse con él. Quizá, cuando está más vulnerable, aquello que durante el día intenta evitar encuentra una forma de hacerse presente. Al mirar la pintura, me pregunto cuáles de nuestros miedos aparecen cuando bajamos la guardia y qué pasaría si pudiéramos darles una forma, un rostro, un lugar fuera de nosotros. Pero ¿tú qué opinas? ¿Crees que el arte puede ayudarnos a mostrar aquello que nos cuesta reconocer o decir en voz alta?

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