El otro día, sin pensarlo mucho, me puse a reflexionar sobre cómo hay obras de arte que nunca se olvidan. Desconozco exactamente por qué, pero se quedan con nosotros para siempre. No importa cuánto tiempo pase, ni dónde las vimos. Pudo haber sido en un museo, en una calle, en un libro o en la portada de una libreta. Hay algo en ellas que hace que permanezcan en nuestra memoria. Tampoco es necesario que sea la obra más famosa ni la más importante. A veces basta una pincelada, un color, una mirada o una sensación difícil de explicar. Algo que nos hizo sentir y que, sin darnos cuenta, se quedó con nosotros. De eso me gustaría hablar esta semana: de cómo el arte tiene esa capacidad extraña de permanecer en nuestra memoria.
Para mí, una de esas obras fue El grito, del artista noruego Edvard Munch. Recuerdo que alguna vez vi una libreta con la imagen de esta pintura en el auto familiar. La hojeé sin mucha intención. Era una libreta común y corriente, ni siquiera recuerdo de qué era o para qué se usaba. Lo único que recuerdo con claridad es la sensación de curiosidad que me provocaba esa imagen. Con el tiempo, empecé a verla casi todos los días, y sin darme cuenta la pintura no se iba de mi cabeza. De alguna manera, esa imagen se quedó conmigo, y creo que fue uno de los primeros momentos en los que nació mi interés por la historia del arte. Suena extraño pensar que la portada de una libreta pudo influir en una decisión tan importante en mi vida, pero así fue. No sé exactamente qué pasó, solo sé que algo me movió sin que yo lo entendiera en ese momento y ese pequeño encuentro terminó marcando mi camino.
Existe algo que se conoce como memoria emocional. Funciona de manera distinta a la memoria racional, porque no guarda datos ni explicaciones, sino sensaciones. Este tipo de memoria se fija con más fuerza porque está ligada a lo que sentimos, y muchas veces permanece incluso cuando olvidamos el contexto en el que ocurrió. Al enfrentarnos a una obra podemos experimentar emociones que no siempre sabemos explicar, pero que se quedan con nosotros. A veces sentimos inquietud, otras veces calma, nostalgia o incluso incomodidad. Y aunque no sepamos exactamente por qué, algo dentro de nosotros reconoce esa emoción y la guarda. Quizá por eso hay obras que nunca se olvidan. No porque entendamos todo lo que vemos, sino porque, en algún momento, esa imagen tocó algo que ya estaba dentro de nosotros y desde entonces permanece ahí, acompañándonos de una forma silenciosa.
El arte es memoria, en este caso memoria emocional. Es increíble cómo una imagen puede acompañarnos en momentos clave sin que lo notemos, y cómo con el tiempo descubrimos que estuvo ahí cuando la necesitábamos. A veces una obra aparece en el momento justo y termina marcando nuestro camino, llenándolo de preguntas, de emociones y de sentido. Tal vez por eso el arte permanece, porque no solo se mira, sino que también se siente. Pero, ¿tú que opinas?, ¿hay alguna obra que se haya quedado contigo sin que te dieras cuenta? ¿cuántas decisiones habrán comenzado con algo tan simple como una imagen?
*Lic. en Historia del Arte y Curaduría
























