Hay veces en las que una imagen nos dice más que mil palabras, pero ¿qué pasa cuando, a primera vista, esa imagen no nos dice nada y, al conocer un poco más, descubrimos que existe toda una historia detrás? Conocer el contexto puede transformar la manera en la que entendemos a la persona retratada. Tal vez teníamos una idea de ella y, después de conocer su historia, la imagen deja de parecernos la misma. De pronto encontramos rasgos que antes no habíamos visto, una mirada que nos parece diferente o un gesto que comenzamos a interpretar de otra manera. Hoy me gustaría contarte sobre algunos retratos que, después de conocer un poco más acerca de las personas que aparecen en ellos, quizá nunca volvamos a mirar de la misma manera.
Pensemos, por ejemplo, en una fotografía de finales del siglo XIX, que esta ultima semana se ha hecho muy viral. Una mujer mira hacia la cámara con el cabello recogido, un vestido oscuro y el gesto serio que encontramos en tantos retratos de aquella época. No hay nada particularmente inquietante en ella. Podemos observar la iluminación, la composición, la postura o la manera en la que la cámara capturó sus facciones. Es, aparentemente, el retrato de una mujer. Pero pongámosle un nombre: Lizzie Borden. Borden fue acusada de quitarle la vida a su padre, Andrew Borden, y a su madrastra, Abby Borden, quienes fueron encontrados muertos dentro de su casa en Massachusetts en 1892. El caso se convirtió en un fenómeno mediático y Lizzie fue llevada a juicio, aunque finalmente fue declarada no culpable en 1893.
Regresemos a la fotografía. ¿La vemos igual? Probablemente no. Y precisamente ahí comienza lo que me interesa de esta imagen: el retrato como objeto artístico no solamente depende de aquello que vemos, sino también de todo aquello que sabemos. El retrato ha sido, durante siglos, una de las formas más importantes de representación. Antes de la fotografía, tener un retrato significaba mucho más que conservar el parecido físico de una persona. La ropa, los objetos, la posición de las manos, el espacio que rodeaba al modelo e incluso la dirección de su mirada podían ayudarnos a construir una identidad. Un retrato podía decirnos: esta persona tiene poder, tiene dinero, pertenece a determinada familia, desempeña cierto oficio o desea ser recordada de cierta manera.
Tal vez ahí se encuentra una de las cualidades más fascinantes del retrato: no solo conserva la apariencia de una persona, también es una imagen que seguirá siendo interpretada mucho tiempo después. Quizá por eso observar un retrato nunca sea un ejercicio neutral. Llegamos frente a él con información, prejuicios, curiosidad y experiencias que modifican nuestra mirada. Podemos detenernos frente a una imagen sin conocer nada de quien aparece en ella y construir una idea; basta descubrir un fragmento de su historia para regresar y encontrar algo diferente. Te invito a que la próxima vez que te encuentres frente a un retrato, intentes observarlo antes de leer la ficha que lo acompaña. Construye tu propia idea de esa persona y después conoce su historia. Pero ¿tú qué opinas? ¿Crees que el contexto realmente cambia la manera en que apreciamos el arte?