Hay días en los que todo parece salirse de nuestras manos, en los que el mundo se siente desordenado y caótico. Y entonces, casi por impulso, intentamos recuperar el control. Tal vez porque durante mucho tiempo nos enseñaron a evitar el caos: a corregirlo, a ordenarlo, a vivir lo más lejos posible de él. Y no, no está mal. Pero ¿qué pasa si, a veces, ese caos es necesario para coexistir con nuestra propia vida? ¿Si ese desorden es, en realidad, parte del equilibrio que tanto buscamos? Hoy quiero hablarte de ese otro tipo de caos: el que habita en el arte. No como algo que debe corregirse, sino como un lenguaje. No como un accidente, sino como una forma.
Me gustaría contarte sobre el expresionismo abstracto, uno de los movimientos más influyentes en la historia del arte. Su auge se dio, en gran medida, gracias al impulso que recibió en Estados Unidos después de la Segunda Guerra Mundial, cuando Nueva York comenzó a consolidarse como el nuevo París, es decir, como la capital artística por excelencia. Fiel a su nombre, este movimiento se centró en el arte abstracto como un medio de introspección personal. Los artistas no buscaban representar la realidad de forma literal, sino explorar emociones, gestos y procesos internos. Entre sus características más distintivas se encuentran los lienzos de gran formato, que permitían una experiencia más inmersiva tanto para quien pintaba como para quien observaba. Uno de sus representantes más importantes, Jackson Pollock, acuñó el término action painting. En este enfoque, el lienzo deja de ser solo un soporte para convertirse en el registro de la acción del artista. Pintar, en este sentido, se vuelve casi un performance: un acto físico, corporal, en el que el movimiento, el ritmo y la energía quedan plasmados en la obra. Así, más que una imagen final, estas pinturas nacen del gesto mismo: salpicar, gotear o lanzar la pintura de manera aparentemente libre. Lo importante no es solo el resultado, sino el proceso que lo hizo posible.
Un ejemplo de esto es Autumn Rhythm (Number 30) de Jackson Pollock, una de las obras que marcó su carrera. En ella podemos reconocer claramente su estilo: el goteo, esa técnica que lo llevó a la fama y que transformó la manera de entender la pintura. Se dice que Pollock se encerraba en su estudio durante horas, completamente inmerso en su proceso creativo. Ponía su música a todo volumen y se dejaba llevar, concentrado en la pintura y en la necesidad de transmitir. Cada movimiento, cada gesto, cada goteo era una forma de dejar algo de sí mismo sobre el lienzo. Verlo pintar era, en muchos sentidos, presenciar un performance. No se trataba solo del resultado final, sino del acto mismo de crear: un proceso físico, casi coreográfico, que convertía el caos en lenguaje.
En la siguiente columna me gustaría seguir contándote sobre otros artistas de este movimiento, para seguir descubriendo cómo el arte también puede surgir desde el desorden, desde lo que no entendemos del todo y desde aquello que, a primera vista, parece no tener forma. Porque quizá ahí, en lo que no controlamos completamente, también se construyen nuevas maneras de mirar, de sentir y de entender el mundo.
*Lic. en Historia del Arte y Curaduría
























