Existe la creencia de que el arte solo existe para ser contemplado como algo lejano, perfecto, intocable. Así es como muchas veces nos han enseñado a entenderlo. Pero en realidad, el arte también se rompe, se transforma y, muchas veces, es justo durante ese proceso cuando se vuelve más humano. Cuando podemos conectar mucho más con él, cuando deja de sentirse distante y comienza a hablarnos de otra forma. De esto me gustaría contarte esta semana: de cómo el arte nos acompaña incluso cuando no sabemos muy bien qué es lo que estamos sintiendo. De cómo, sin darnos cuenta, se vuelve un espacio seguro donde podemos reconocer emociones que todavía no sabemos nombrar.
A veces podemos llegar a un museo y pararnos frente a una obra con un nudo en la garganta, con una emoción difusa, con algo que no sabemos si es cansancio, tristeza o simplemente un ruido interno. A veces no entendemos del todo lo que nos pasa, pero aun así hay algo que nos impulsa a detenernos frente a esa pintura, esa escultura, ese espacio. Algo hermoso del arte es que no nos pide respuestas claras. No nos exige nombrar lo que sentimos de inmediato. Nos permite sentir primero. Nos acompaña en ese estado intermedio, en esa nube donde todavía estamos intentando entendernos. Quizá por eso conecto tanto con el arte: porque no juzga, no apresura y te brinda un espacio seguro para estar como estás.
En una pintura, en una escultura o en una sala de museo, muchas veces encontramos reflejos de nosotros mismos. Emociones que no sabíamos cómo nombrar, silencios que se parecen a los nuestros, fragmentos que dialogan con lo que llevamos en la cabeza y en el corazón. El arte se vuelve entonces un espejo, no uno que devuelve una imagen exacta, sino una imagen honesta. Tal vez no nos acercamos al arte para entenderlo todo, sino para sentirnos acompañados en lo que estamos atravesando. Para descubrir que eso que sentimos también lo ha sentido alguien más, que alguien más lo vivió y supo transformarlo. Ahí es el momento donde el arte deja de ser algo lejano. Se vuelve compañía y refugio. Un lugar donde lo que todavía no tiene palabras puede, al menos, empezar a sentirse.
El arte también nos ayuda a explicar cómo nos sentimos, incluso cuando todavía no lo tenemos del todo claro. Nos ofrece un lenguaje alterno, una forma distinta de entendernos, de mirar hacia adentro sin tanta exigencia. A veces no necesitamos respuestas, solo algo que nos acompañe mientras sentimos. Y en ese proceso, el arte se vuelve eso: compañía, refugio y un espacio donde lo que llevamos dentro puede existir sin prisa y sin juicio. Tal vez el arte no responde, pero permanece. Acompaña, sostiene y nos recuerda que sentir, incluso sin entender, también es una forma de estar y habitar el mundo. Pero tú, ¿qué opinas? ¿Crees que el arte también nos ayuda a entender cómo nos sentimos? ¿Qué puede ser un espacio de compañía cuando las palabras no alcanzan, cuando las emociones todavía están desordenadas?
*Lic. en Historia del Arte y Curaduría