Este año ha sido un buen año para las series de televisión. Una de las más comentadas retrata la vida de una de las parejas más icónicas de Estados Unidos: Carolyn Bessette-Kennedy y John F. Kennedy Jr. La historia se desarrolla en los años 90 en Nueva York y muestra cómo se conocieron estas dos figuras. La verdad, me gustó mucho porque retrata un Nueva York único: lleno de moda, de arte, ese Nueva York donde el arte no vivía solo en los museos, sino en lo cotidiano; donde la ciudad misma se convertía en el lienzo de los artistas y, sobre todo, donde la gente también formaba parte de esa expresión. En esta columna te quiero contar un poco sobre algunos artistas de Nueva York en ese momento.
Cuando pienso en los artistas que marcaron ese contexto, recuerdo a Keith Haring. Comenzó dentro del movimiento del graffiti en Nueva York en los años 80, inspirando a muchos a ir más allá del lienzo y apropiarse de la ciudad como espacio creativo. Haring empezó dibujando con tiza blanca en los paneles publicitarios del metro, transformando espacios cotidianos en arte accesible para todos. Sus figuras, líneas simples, colores vibrantes y personajes que parecen salidos de una caricatura, se volvieron rápidamente icónicas. En poco tiempo, su obra trascendió la calle y llegó a museos y galerías, sin perder esa esencia urbana. Hoy en día, sus imágenes siguen presentes en la cultura visual: las vemos en ropa, objetos y referencias que, incluso sin saberlo, todos reconocemos.
Pero si hay una artista que inevitablemente me hace pensar en la relación entre Carolyn Bessette y John F. Kennedy Jr., es Cindy Sherman. A diferencia de Haring o Basquiat, Sherman utiliza la fotografía como su principal herramienta de creación. Su obra gira en torno a la identidad y a la forma en que esta se construye a través de la imagen. En sus fotografías, ella misma se transforma en distintos personajes, como si la identidad fuera, en el fondo, una especie de disfraz. Sherman entendía que no es algo fijo, sino algo que se interpreta. Y viéndolo así, no es difícil conectar esta idea con Carolyn Bessette. Durante su relación con Kennedy, fue constantemente fotografiada por paparazzi. Pero no solo fue retratada: también fue interpretada. Esas imágenes, que hoy vemos como espontáneas, en realidad fueron construyendo un personaje. Sus fotografías parecen naturales, pero en el fondo muestran una identidad en proceso, observada y juzgada en cada flash.
Y tal vez el arte es eso que pasamos por alto en nuestra rutina diaria: la forma en que una ciudad respira, en que una imagen se construye, en que una persona se convierte en algo más a través de la mirada de otros. En los años 90, Nueva York nos recordó que el arte no siempre se cuelga en una pared; a veces simplemente sucede en la espontaneidad, en un momento capturado, en una mirada que se repite hasta volverse símbolo. Tal vez el arte también está en esa línea tan delgada entre lo que somos y lo que los demás perciben de nosotros. Pero ¿tú qué opinas? ¿Crees que el arte construye identidades? ¿Crees que la identidad es, en el fondo, una especie de disfraz?
*Lic. en Historia del Arte y Curaduría
























