La columna pasada te conté acerca de algunos propósitos que me planteé para este año, enfocados en el arte. Esta semana quiero seguir compartiéndote otros más, pensados para ayudarme a pasar el año con mayor calma, con la atención puesta en lo que sucede aquí y ahora, y no tanto en todo lo que solemos pasar por alto en nuestra rutina diaria. Tal vez, entre ellos, encuentres alguno que te resuene y que incluso te gustaría implementar en tu propio día a día.

Otro de los propósitos que me planteé para este año es aceptar la imperfección. Aceptar que no somos perfectos, que nuestras decisiones tampoco lo son y que en nuestra vida existen rastros de aquello que no salió como esperábamos. Incluso nosotros cargamos con heridas que, aunque logran cicatrizar, permanecen con nosotros y con el tiempo van tomando otra forma. Al final, esas marcas se convierten en grietas que, lejos de debilitarnos, nos nutren y nos dan mayor valor: algo reparado, algo que ha aprendido a sostenerse de otra manera. Esta idea se refleja de manera increíble en la técnica del kintsugi, una práctica originaria de Japón que consiste en reparar piezas de cerámica rotas utilizando una mezcla de laca con oro, bronce o peltre. En lugar de ocultar las fracturas, esta técnica las resalta: el color dorado acentúa la rotura y la deja a la vista, convirtiéndola en parte esencial de la pieza. Tal como sucede con nuestras propias cicatrices. Este año quiero aprender a no esconderlas, a aceptarlas y a portarlas con la misma dignidad que el oro en esas vasijas.

Mi último propósito de este año es aprender a hacer espacio. Eliminar lo que ya no me sirve: menos objetos, mejores compromisos, menos ruido mental, más paz. Quitar en lugar de saturarme. Este ejercicio me recuerda a una de las piezas más icónicas del arte moderno: Blanco sobre blanco de Malévich. A simple vista, la obra parece un lienzo completamente blanco; sin embargo, al acercarse, se distingue un cuadrado blanco suspendido sobre un fondo también blanco. Con este gesto radical, Malévich buscaba representar el vacío, la nada, pero no como ausencia, sino como posibilidad. En esta obra, el artista nos enseña que el arte puede prescindir de todo: del exceso de forma, de la técnica evidente, incluso del contenido tradicional. Lo que queda es el arte por sí mismo, el espacio, el silencio. Y quizá eso es lo que quiero aprender este año: a ver menos, a quitar, a dejar espacio. Para poder disfrutar el día a día tal como es, sin saturarlo de ruido innecesario.

El arte nos da herramientas que nos ayudan a vivir con un poco más de calma y sentido. Nos enseña a mirar la vida más despacio, a observar lo cotidiano desde otra perspectiva y, sobre todo, a estar presentes en el aquí y el ahora. Al final, espero poder cumplir todos estos propósitos; sin embargo, prefiero verlos como pequeños ejercicios para vivir con mayor conciencia y atención, para aceptarme tal como soy y hacer espacio para aquello que realmente importa. Pero, ¿tú qué opinas? ¿Crees que el arte puede ayudarnos a mirar y vivir la vida de una forma distinta?

*Lic. en Historia del Arte y Curaduría

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