Otro año llegó sin avisar. En poco tiempo se termina el Guadalupe-Reyes y cerramos oficialmente el 2025; el 2026 inicia y, con él, regresan los propósitos. Debo admitir que el año pasado pasé por alto varias cosas y dejé de lado algunos objetivos que me había fijado desde enero. Sin embargo, este año quiero retomarlos desde un lugar más positivo, inspirándome en algunos de mis artistas favoritos, y hoy quiero compartirlos.
Este año me gustaría iniciar un diario. No sé si lo sabías, pero este hábito ha sido muy común entre artistas a lo largo de la historia; algunos de estos diarios incluso se han convertido en auténticas obras de arte que hoy podemos admirar en museos. Uno de los casos más fascinantes es el de Leonardo da Vinci, quien realizó numerosos cuadernos utilizando escritura especular, escribía de derecha a izquierda con la mano izquierda. Esta escritura solo podía leerse correctamente al reflejarse en un espejo y por ello fue considerada su “escritura secreta”. Más allá de proteger sus ideas, se dice que esta técnica le ayudaba a reflexionar con mayor profundidad sobre sus inventos y creaciones, permitiéndole ordenar y razonar mejor sus pensamientos. En estos diarios no solo encontramos texto: hay bocetos de espacios arquitectónicos, diseños de máquinas, estudios de inventos, apuntes científicos y esbozos de pinturas. Son cuadernos donde el pensamiento está en constante movimiento. Muchos de estos diarios se conservan hoy en museos y bibliotecas alrededor del mundo. Recuerdo que hace aproximadamente 10 años llegó a México una gran exposición al Museo de Bellas Artes, en la Ciudad de México, dedicada a Leonardo da Vinci. Fue una experiencia impresionante: ver cómo una idea nacida en el papel podía transformarse en algo tangible. Sin duda, este es un hábito que quiero adoptar este año; un espacio íntimo para dejar fluir ideas, ordenar pensamientos y, quizá, entenderme un poco mejor. Porque a veces, poner el arte sobre la mesa también implica sentarse con uno mismo y empezar a escribir.
Otro propósito que me gustaría iniciar este año es mirar con calma. A veces, con tanto movimiento en el día entre el trabajo, el tráfico, el calor, uno llega fastidiado a casa y pasa por alto muchas cosas que, aunque simples, contienen una belleza profunda. El otro día, por ejemplo, me quedé observando cómo la luz del sol se filtraba entre las hojas de un árbol. Algo tan sencillo y, al mismo tiempo, extraordinario. Ese momento me hizo pensar en Johannes Vermeer, un artista que supo manejar la luz de manera magistral y que convirtió escenas completamente cotidianas en imágenes memorables. Obras como La joven de la perla o La lechera nos recuerdan que no se necesita nada grandioso para crear algo extraordinario: basta la luz, un gesto mínimo, una escena detenida en el tiempo. Vermeer nos enseña que la belleza no siempre está en lo espectacular, sino en aprender a mirar, a detenernos, a observar. Quizá ese sea el verdadero ejercicio: reaprender a ver.
La próxima semana seguiré compartiéndote otros propósitos que me gustaría aplicar este año, pequeños ejercicios cotidianos inspirados en el arte. Pero, ¿tú qué opinas? ¿Crees que los propósitos realmente nos transforman?

