María José Rodríguez Sibaja

Tu placenta también tiene una historia que contar

Durante el embarazo hablamos mucho de bebé: cuánto mide, cuánto pesa, cómo se mueve. Hablamos también de mamá, su alimentación, su presión arterial, sus niveles de glucosa y los cambios que experimenta su cuerpo. Pero entre ambos existe un órgano mágico que hace posible esta conversación: la placenta.

La placenta comienza a formarse desde las primeras semanas del embarazo y, aunque su existencia es temporal, durante esos meses cumple funciones que normalmente requieren de varios órganos. Permite el intercambio de oxígeno y bióxido de carbono, transporta nutrientes, participa en la eliminación de productos de desecho, produce hormonas indispensables para mantener el embarazo y contribuye a regular la respuesta inmune para que el organismo de mamá pueda convivir con bebé que, genéticamente, no es idéntico a ella.

Pero quizá una de sus funciones más fascinantes es también una de las menos conocidas: la placenta es capaz de percibir el ambiente en el que se desarrolla el embarazo y responder a él.

Podríamos imaginarla como una especie de central de información. A través de ella llegan señales sobre la disponibilidad de nutrientes, las reservas de energía de mamá, sus niveles de glucosa y algunas de las hormonas que regulan el metabolismo. La placenta integra parte de esa información y puede modificar la manera en que transporta nutrientes hacia bebé.

Cuando las condiciones son favorables y existe disponibilidad de energía y nutrientes, se favorecen el crecimiento de la propia placenta y el transporte de elementos necesarios para el desarrollo fetal. En cambio, cuando los recursos son más limitados, esos mecanismos pueden adaptarse. No se trata simplemente de “abrir o cerrar una llave”, sino de una compleja red de señales celulares que intenta equilibrar las necesidades de bebé con lo que el organismo materno puede proporcionar. También puede ocurrir lo contrario. En embarazos en los que existe una disponibilidad excesiva de ciertos nutrientes, la placenta también recibe esas señales. Esto ayuda a entender por qué el metabolismo de mamá, la función placentaria y el crecimiento de bebé están tan estrechamente relacionados.

La placenta, además, tiene cierta capacidad para modificar la cantidad y actividad de los transportadores que permiten el paso de glucosa, aminoácidos y grasas. Es decir, el crecimiento fetal no depende únicamente de qué y cuánto come mamá durante el embarazo. Depende de una interacción mucho más compleja entre genética, metabolismo materno, circulación sanguínea, función placentaria y la capacidad de bebé para crecer. Esto también explica por qué dos mujeres con alimentaciones aparentemente similares pueden tener embarazos muy diferentes, y por qué reducir todo a la alimentación materna es una simplificación que no refleja cómo funciona realmente la biología del embarazo. La placenta incluso produce hormonas que modifican el metabolismo materno. Conforme avanza la gestación, contribuye a que el organismo de mamá utilice y distribuya la energía de manera diferente, favoreciendo que exista una disponibilidad adecuada de nutrientes para bebé.

Por eso, cuando estudiamos el crecimiento fetal mediante ultrasonido, no evaluamos únicamente cuánto pesa bebé. Analizamos también, la circulación sanguínea entre la placenta y bebé. Son piezas diferentes de una misma historia. De cierta forma, mamá, placenta y bebé forman durante nueve meses una unidad biológica en comunicación constante. Y quizá esa sea una de las maneras más interesantes de entender la placenta: no como una estructura que simplemente conecta a dos organismos, sino como un órgano que escucha, interpreta y responde.

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