María José Rodríguez Sibaja

La maternidad no sigue un guión

Desde antes de que nazca nuestro bebé comenzamos a imaginarlo todo. Pensamos cómo será nuestro embarazo, dónde y cómo queremos que nazca nuestro bebé. También hacemos planes para el posparto: la recuperación, el regreso al trabajo y por supuesto, la lactancia. Planear no está mal. Al contrario, nos permite informarnos, reconocer nuestras preferencias y participar activamente en las decisiones. El problema aparece cuando comenzamos a medir nuestra experiencia según qué tanto se apega a lo que habíamos planeado. Porque la maternidad rara vez sigue un guion.

Un embarazo que se esperaba tranquilo puede requerir más vigilancia, reposo relativo, medicamentos o incluso una hospitalización. Entonces hay que cambiar horarios, prioridades y expectativas. Nada de eso significa que hayamos hecho algo mal. Sin embargo, muchas veces esos cambios se viven con culpa, como si fueran consecuencia de una acción u omisión. El nacimiento concentra todavía más expectativas. Es válido tener un plan de parto, expresar preferencias, pedir información y decidir cómo queremos ser acompañadas. Pero un plan de nacimiento, es solo un plan, no tenemos el control sobre lo que sucederá finalmente. En ocasiones alguien que pensaba evitar la analgesia descubre que la necesita; quien esperaba un parto requiere una cesárea, o el contacto inmediato con su bebé tiene que posponerse para brindarle atención. Después llega el posparto, quizá la etapa más difícil de imaginar antes de vivirla. Planeamos conectar de inmediato con esta nueva etapa, recuperarnos en pocas semanas y retomar poco a poco la vida anterior. Pero el posparto puede incluir dolor, cansancio extremo, miedo y ambivalencia. También aquí hay planes que necesitan ajustarse. Tal vez hace falta pedir más ayuda de la prevista, posponer el regreso a ciertas actividades, etc. La lactancia suele ser uno de los escenarios en los que cambiar de plan se puede vivir con mayor culpa. Muchas mujeres desean lactancia exclusiva y se preparan para hacerlo. Sin embargo, pueden aparecer situaciones en las que quizá sea necesario modificar la técnica, utilizar un extractor, complementar algunas tomas o reconsiderar por completo la manera de alimentar a nuestro bebé.

La flexibilidad no significa renunciar desde el principio a lo que deseamos. Tampoco implica aceptar sin preguntas cualquier cambio propuesto. Significa entender que las buenas decisiones dependen de las circunstancias y que estas pueden transformarse. Un plan debe ser una herramienta para orientar el camino, no una sentencia que nos obligue a continuar cuando ya no responde a nuestras necesidades o las de nuestro bebé.

Quizá una de las lecciones más difíciles de la maternidad sea aceptar que no todo está bajo nuestro control. Podemos informarnos, prepararnos y hacer elecciones conscientes, pero no escribir por adelantado la historia. A veces habrá que insistir; otras, detenerse. En algunos momentos será necesario pedir una segunda opinión y, en otros, aceptar ayuda o elegir una ruta que antes no habíamos contemplado.

Cambiar el plan no significa haber fallado. Significa mirar de frente la realidad, aceptarla y elegir nuevamente aquello que cuide mejor de nosotras y de nuestro bebé.

Te recomendamos