La incredulidad implica la evaluación negativa de la probabilidad del cumplimiento de una advertencia o promesa. Las acciones militares del gobierno de Estados Unidos detrás de la operación quirúrgica para detener al dictador Nicolás Maduro, fueron parte de la construcción por meses de una narrativa que enarbolaba una amenaza creíble contra el régimen venezolano.

El presidente Trump marcó territorio mental al desplegar una serie de acciones discursivas y simbólicas —amenazas públicas, reconocimiento de actores alternativos, sanciones y retórica de fuerza— orientadas menos a una intervención inmediata que a delimitar el marco cognitivo del conflicto. Estas acciones buscaron establecer qué opciones eran concebibles, quién detentaba legitimidad y cuáles eran los límites de tolerancia de Estados Unidos.

Dominando por meses el relato de legitimidad e introduciendo la incertidumbre estratégica que mostró la capacidad de castigo económico y diplomático, se fue desplegando una estrategia de presión psicológica y simbólica en tiempo real; el despliegue militar en el Caribe fue parte de la hoja de ruta para crear el “marco mental” de amenaza y control.

Los resultados los conoció el mundo con la noticia de la captura de Nicolás Maduro. Y junto con el timing de la publicación del NSS2025 se creó un sistema narrativo donde Venezuela —y actores como China, Cuba e Irán— son parte de amenazas mayores como narcotráfico, crimen transnacional, terrorismo y migración. Al enmarcarlo así, Trump exhibió a estos países, sus aliados y socios, lo que se considera de interés vital y geopolítico.

El gobierno de Sheinbaum debe leer las señales de ese relato construido por meses con mucha cautela estratégica y política, tanto por lo que implican para la soberanía como para la relación bilateral. Menos politiquería barata desafiante y más cabeza fría en una antesala de negociaciones comerciales y de seguridad nacional.

En Washington ya existe una narrativa de amenaza militar contra los cárteles designados como organizaciones terroristas, y los recientes discursos de altos funcionarios estadounidenses coreando el lema de que “hay que hacer algo con México” no deben ser subestimados.

El contexto mexicano de un régimen que abraza la impunidad, la corrupción y la tolerancia de permitir cogobernar regiones enteras junto a grupos delictivos, no son señales que mitiguen la preocupación estadounidense sino alimentan el escalamiento de la crisis bilateral atizada por el fuego del petróleo y Cuba.

Si se suma el tufo tóxico alrededor de la aprobación de una reforma electoral con claros visos de minar aun más la débil democracia mexicana, Sheinbaum no está calibrando correctamente las señales del entorno. No evalúa el contexto geopolítico de la región.

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