Roberto Sánchez reconoció su derrota en Perú casi un mes después de perder la segunda vuelta por 49,641 votos. Mi lectura es que terminó aceptando el resultado porque seguir dentro de las reglas mantiene abierta su posibilidad de competir nuevamente.

Keiko Fujimori ganó la presidencia con 50.1% de los votos válidos frente a 49.8% de Sánchez. Durante el escrutinio, el candidato de Juntos por el Perú habló de un “fraude en desarrollo”, pidió anular la votación en el extranjero y anunció que no reconocería un gobierno de Fujimori. El 3 de julio el Jurado Nacional de Elecciones proclamó el resultado. Tres días después, Sánchez lo reconoció, aunque mantuvo sus denuncias sobre irregularidades.

Adam Przeworski explica en ¿Para qué molestarse con las elecciones? que el voto permite medir fuerzas y distribuir el poder sin recurrir a la violencia. Esa mecánica descansa en una condición menos visible: el resultado es temporal. El perdedor acepta porque conserva la expectativa de competir y quizá ganar después. La posibilidad de alternancia convierte una derrota en un costo soportable.

La democracia requiere incertidumbre: nadie tiene garantizado el triunfo ni cerrado el camino para volver a competir. Si eso cambia, aceptar la derrota deja de ser racional.

Por eso los perdedores ofrecen información sobre la salud de un régimen. Si un actor cree que las reglas seguirán abiertas, tiene razones para aceptar incluso una derrota estrecha. Si piensa que perder hoy puede significar quedar fuera mañana, aumenta el incentivo para desconocer el resultado.

Perú muestra que la narrativa del fraude no tiene ideología fija. En 2026 Rafael López Aliaga, candidato de derecha que quedó fuera de la segunda vuelta denunció fraude y pidió anular las elecciones. Fujimori denunció “fraude sistemático” tras perder en 2021, sin pruebas que lo sustentaran, y en 2026 volvió a cuestionar a la autoridad electoral. El argumento cambia de dueño con el marcador.

Esto no vuelve falsa toda denuncia. Una democracia necesita procedimientos para resolver controversias. La diferencia está entre impugnar decisiones concretas dentro de las reglas y convertir la derrota en prueba de que las reglas mismas son fraudulentas.

Brasil ofrece ahora otro laboratorio. Flávio Bolsonaro ganó la primera vuelta con 47.0% de los votos frente a 45.1% de Lula da Silva. Antes de votar afirmó que aceptaría el resultado, aunque también había alimentado sospechas sobre las urnas electrónicas. El 25 de octubre habrá segunda vuelta. Si el orden se invierte, veremos cuánto pesa aquella promesa.

En Perú, Sánchez reconoció el resultado, pero mantuvo su narrativa de ilegitimidad. Esa ambigüedad quizá sea la fórmula contemporánea del consentimiento electoral: aceptar el marcador sin conceder legitimidad plena al árbitro. El problema empieza cuando esa reserva deja de ser excepcional y se convierte en la respuesta habitual de quien pierde.

¿Qué ocurre con una democracia cuando quien pierde ya no espera una próxima vez?

X: @maeggleton

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