Hay una paradoja que incomoda a quienes gobiernan con comodidad: cuando desaparece el rival externo, la política se complica. La disputa no desaparece, se muda. Se traslada a las facciones, a las camarillas, a los clanes territoriales. La lucha más intensa empieza cuando ya no hay rival afuera.
La hegemonía se presenta como sinónimo de orden. Lo que esa imagen oculta es que hasta los sistemas más dominantes necesitan resolver sus tensiones internas: quién sube, quién espera, quién se queda fuera. Cuando no hay una oposición real que amenace con quitar el poder, el juego no desaparece, se desplaza. La sanción que antes llegaba de las urnas ahora llega del corredor, de la reunión cerrada, de quien controla la lista.
Sin adversario externo que imponga plazos, la sucesión no espera a que el mandato se acabe. Cada nombramiento se lee como una apuesta, cada presupuesto como una señal, cada candidatura como un movimiento en una partida que nadie ha declarado abierta pero todos están jugando. La guerra sucesoria empieza en el momento en que quien está en el poder deja de ser el único que puede ganar. Por eso el rival más peligroso rara vez viene de fuera, suele ser alguien que conoce la maquinaria, tiene favores pendientes y puede usar el mismo sello para competir. De ahí el fuego amigo, las filtraciones calculadas, las campañas que se disfrazan de gestión. Y de ahí la obsesión por las reglas: quién define el método de selección, quién controla el padrón, quién sienta jurisprudencia en el tribunal interno.
De ahí un dilema que no se resuelve con elegancia: para gobernar se necesita cohesión, pero mantener cohesión cuesta futuro (cargos, candidaturas, promesas), repartir futuro es, inevitablemente, crear herederos y los herederos siempre terminan siendo rivales. La respuesta oscila entre dos tentaciones: centralizar (disciplinar, premiar lealtades, castigar disidencias) o institucionalizar (acordar reglas y árbitros que todos acepten). La primera da resultados rápidos y genera una deuda que se cobra tarde, con intereses. La segunda estabiliza, pero exige algo que pocos líderes dominantes están dispuestos a aceptar: límites reales a su propio poder.
Morena no es la excepción. Con una oposición externa sin capacidad de amenaza real, el conflicto se corrió hacia adentro; ya no se trata tanto del proyecto como de quién lo hereda, quién nombra y quién legitima. Por eso la pregunta útil en tiempos de hegemonía no es dónde está la oposición, es quién se está construyendo como oposición desde adentro y con qué reglas piensa ganar. Porque cuando el adversario externo deja de ser una amenaza creíble, el bloque gobernante empieza a mirarse entre sí. Ahí aparece lo que la unidad oficial ocultaba: diferencias de fondo, ambiciones acumuladas, modelos distintos de lo que viene. La oposición no desaparece. Se muda. Y desde ahí, muchas veces, termina decidiendo todo.
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