Una democracia competitiva no se sostiene solo con elecciones: necesita una oposición funcional, capaz de fiscalizar, ofrecer alternativas, canalizar el descontento y forzar al gobierno a rendir cuentas. Cuando esa oposición falta, el poder deja de sentirse vigilado y, por tanto, deja de moderarse.
México vive hoy un ejemplo nítido de esa deriva. El avance de un oficialismo con vocación hegemónica explica mucho, pero no todo. La otra mitad de la historia es más incómoda: durante los últimos años, los partidos opositores han administrado su declive como si fuera un modelo de negocios. Han aprendido a vivir en la derrota: no para corregirse, sino para conservarse.
La derrota rentable funciona así: se conserva el registro, se negocian posiciones plurinominales, se reciclan dirigencias, se controlan candidaturas, se reparten prerrogativas y se mantiene la maquinaria mínima para sobrevivir. Es un ecosistema que premia la lealtad interna, no la conexión social; la disciplina de grupo, no la innovación programática. El resultado es una oposición más hábil para preservarse que para representar a la ciudadanía.
Desde 2018 ese vacío ha sido estratégico. Mientras el oficialismo construía un relato moral (pueblo contra élites, virtud contra corrupción), la oposición respondió con indignación, sin proyecto: críticas dispersas, alianzas defensivas, mensajes contradictorios y liderazgos incapaces de encarnar una idea de futuro. En vez de disputar el sentido de la transformación, optó por negar el presente. Y negar el presente no moviliza; solo consuela a los convencidos.
La literatura sobre sistemas de partidos es clara: la oposición no es un adorno, es un mecanismo de control. Dahl planteó que la poliarquía requiere competencia real y participación, pero también condiciones para que esa competencia sea significativa: información, organización y alternativas creíbles. Sartori advirtió que cuando cuando una fuerza domina sin contrapesos efectivos, el pluralismo existe en el nombre y en la forma, pero no en la práctica. México está entrando en esa zona. No solo por la concentración de poder, sino porque la oposición ha sido incapaz de operar como freno.
La pregunta no es solo qué quiere Morena, sino por qué ha podido. Y la respuesta incluye una oposición que eligió la comodidad de la supervivencia antes que la incomodidad de la reconstrucción. La democracia competitiva no se defiende con nostalgia ni con comunicados sino con organización, propuestas y presencia social. Una oposición que no representa no es contrapeso y si no es contrapeso no solo se condena a sí misma: nos condena a todos. Porque al final, la derrota rentable tiene un costo altísimo: cuando los partidos convierten su fracaso en estrategia, el poder deja de tener rival y la democracia deja de tener opciones.
X: @maeggleton