El debate político latinoamericano tiene un hábito inconveniente: convertir resultados electorales en tendencias ideológicas antes de revisar por qué votó el electorado.
Desde abril de 2025, Ecuador, Bolivia, Honduras, Chile y Costa Rica eligieron gobiernos de derecha o corte conservador. El dato circula con una lectura implícita: América Latina cambió de preferencias. Esa lectura confunde el resultado con la motivación, y la motivación con la identidad. Lo que las encuestas de salida muestran en cada uno de esos países es que la inseguridad y el desempleo fueron los factores determinantes del voto, no un proyecto ideológico compartido. Votar contra quien no resolvió el crimen equivale a castigar al que gobernaba y no necesariamente a suscribir un programa conservador.
El comportamiento electoral tiene un nombre para esto: voto de castigo.
Su lógica sanciona el desempeño pasado, no garantiza adhesión a la agenda del ganador.
El problema de llamarle “giro ideológico” es que genera expectativas falsas en dos direcciones: los nuevos gobiernos leen su victoria como un mandato programático que no necesariamente tienen y los analistas construyen una coherencia regional que los datos no sostienen.
Laura Fernández ganó en Costa Rica con un mensaje de orden y seguridad; Kast ganó en Chile con la misma fórmula. Ambos en países con estructuras partidarias, tradiciones democráticas y contextos económicos radicalmente distintos. La coincidencia es el denominador común del miedo, no un parámetro ideológico.
Hay un segundo problema con la etiqueta. “Giro a la derecha” supone que había algo sólido a la izquierda de lo cual apartarse. Pero la “marea rosa” de la postpandemia nunca fue un bloque programático; fue una colección de gobiernos que compartían retórica sin compartir política pública. Que ese conjunto se haya erosionado no significa que la región se haya movido hacia ningún lado; significa que el descontento encontró otra salida.
La fragmentación peruana —con más de 30 precandidatos presidenciales en una elección— ilustra que lo que existe no es una nueva derecha cohesionada, sino un electorado que busca con desesperación algo distinto a lo que ya conoce.
Lo que sí está ocurriendo, y merece un análisis más cuidadoso, es el deterioro del apoyo ciudadano a la democracia como sistema.
El Latinobarómetro 2024 registra que más de la mitad de los latinoamericanos aceptaría un gobierno no democrático si resuelve sus problemas. El voto elige entre frustraciones, no entre proyectos y el sistema es lo de menos. En ese escenario, cualquier etiqueta ideológica aplicada al resultado electoral dice más sobre quien la usa que sobre quien votó.
¿Qué significa gobernar con un mandato construido sobre el descontento y no sobre la convicción? Es una pregunta que vale la pena formular antes de que Brasil y Colombia produzcan el siguiente dato que alguien llamará tendencia.
X: @maeggleton