La política internacional se ha vuelto adicta al golpe espectacular: un hecho fulminante que promete resolver, de un tajo, lo que años de deterioro hicieron crónico. Pero las sociedades no viven en el instante del titular; viven en lo que ocurre después. Por eso, el espectáculo importa menos que sus consecuencias y casi siempre llega con la misma trampa: confundir el derrumbe de un liderazgo con la reconstrucción de una democracia.
Venezuela encarna hoy esa tensión. Que Maduro haya sido capturado no convierte el escenario en una transición democrática. El madurismo no fue solo un rostro; fue un sistema: cooptación institucional, persecución, control electoral, economías de privilegio y una maquinaria de impunidad. La caída del líder no significa desmantelar el aparato y si lo que emerge es un interinato ungido por el mismo entramado institucional que sostuvo al régimen, el “cambio” es continuidad con nuevas etiquetas. Pero sería igualmente irresponsable romantizar la intervención externa como si fuera sinónimo de liberación. Que el régimen de Maduro haya sido autoritario no convierte en legítima cualquier forma de solución impuesta desde fuera. La caída por intervención no inaugura, por sí sola, el Estado de derecho. Puede incluso debilitarlo si sustituye una arbitrariedad por otra.
Las implicaciones son claras, cambian los personajes pero se reciclan los métodos: control informativo, excepcionalidad, seguridad como doctrina, soberanía como coartada y libertad como eslogan. La democracia queda como decorado si no hay instituciones que la hagan efectiva: elecciones competitivas, contrapesos reales, prensa libre, justicia independiente y reglas compartidas. Por eso el mensaje más peligroso no está en Caracas, sino en la pedagogía global que se consolida: la idea de que el poder es para imponerse, no para rendir cuentas. Si una superpotencia puede presentarse como administradora temporal de un país; si un régimen puede reinventarse sin justicia; si la vida política queda subordinada a cálculos de estabilidad o gobernabilidad, entonces la lección para otros liderazgos es clara: resiste, controla, aguanta. El mundo enseña impunidad.
Por eso, lo decisivo es si, después del ruido, las personas pueden vivir sin miedo, sin hambre, sin represión y con voz política real. Ese es el paso que casi siempre falta: transitar del golpe espectacular a la realidad cotidiana; donde se mide, de verdad, si el mundo cambia o solo se reacomoda. Es la distancia decisiva entre el espectáculo y la realidad: caer no es transitar; capturar no es democratizar; administrar no es reparar. Lo que definirá a Venezuela no será el golpe de madrugada, sino si después del estruendo llega lo único que de verdad cambia vidas: instituciones legítimas, elecciones libres y justicia —no como venganza, sino como condición mínima de futuro.
X: @maeggleton

