Marcela Ávila-Eggleton

Cero confianza, pleno poder

Los mexicanos desconfían de los partidos políticos más que de ninguna otra institución pública y, aun así, siguen dependiendo de ellos para acceder al poder.

La encuesta Confianza en las Instituciones 2026, de Research Land, ubica a los partidos en el último lugar de su tabla, con un diferencial de -68 puntos, por debajo del senado, la policía y las gubernaturas. El Instituto Nacional de Estadística y Geografía registra una confianza partidista de 28.9%, estancada desde 2021. Y el Latinobarómetro, con entrevistas en 24 países, encontró que 77% de los mexicanos desaprueba el desempeño de los partidos, mientras 42% considera que ninguno representa sus puntos de vista.

Cuatro instrumentos distintos, con metodologías que no se hablan entre sí, llegan al mismo lugar, lo cual descarta una percepción pasajera de una sola encuesta.

El nivel de rechazo hacia los partidos lleva años siendo alto, pero lo que importa hoy es qué terreno gana la indiferencia hacia la institución misma. El mismo Latinobarómetro muestra que la creencia de que la democracia puede funcionar sin partidos políticos pasó de 31% en 2013 a 42% en 2024, una proporción creciente que ya no solo califica mal a sus partidos, sino que empieza a prescindir, en el plano de las ideas, de la institución que hace posible que el poder cambie de manos sin violencia.

Un ciudadano que desconfía de los partidos pero acepta que son el mecanismo obligado para competir por el poder sigue dentro de las reglas del juego democrático. Un ciudadano que empieza a creer que la democracia funciona mejor sin partidos abre la puerta al líder que se presenta como la voz directa del pueblo frente a "la política", a la desaparición de los contrapesos que los partidos, con todos sus defectos, todavía representan frente al poder ejecutivo.

El V-Dem Institute, en su reporte más reciente, coloca a México entre 44 países que atraviesan simultáneamente un proceso de autocratización, junto con India, Indonesia y Estados Unidos. La autocratización rara vez llega por la fuerza, sino cuando una mayoría deja de exigirle a las instituciones intermedias que cumplan su función y empieza a aceptar que alguien las sustituya.

Los partidos mexicanos han hecho méritos sobrados para ganarse ese rechazo. Incumplen lo que prometen, según 57% de quienes desconfían de ellos; actúan para beneficio propio, según otro 23%. Pero la respuesta a partidos que fallan no puede ser un ciudadano que renuncia a pedirles que funcionen, porque ese vacío rara vez lo llena la sociedad organizada, sino quien promete gobernar sin mediaciones.

La pregunta que debería inquietarnos no es si los partidos actuales merecen esa desconfianza, sino qué llenará el vacío el día que se queden sin el beneficio de la duda: otro liderazgo que prescinda de mediaciones, o una fuerza capaz de reconstruir, desde fuera de ese sistema desgastado, la representación que dejaron de ofrecer.

X: @maeggleton

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