Marcela Ávila-Eggleton

Cambió el gerente, no el negocio

Se debe impedir que la sucesión se dirima a balazos

El secretario de la Defensa, Ricardo Trevilla, fue escueto: inteligencia militar mexicana, cooperación con instituciones extranjeras, una fuente humana detonada por una pareja sentimental y una ventana que se cerró con la muerte de Nemesio Oseguera Cervantes, El Mencho.

El operativo importa menos que lo que abre, porque la caída de un líder no extingue una organización, convoca la disputa por heredarla.

Durante años, El Mencho fue más que un objetivo prioritario: fue un símbolo político. La expansión territorial del CJNG, los videos, las armas largas, el despliegue deliberado de fuerza eran comunicación estratégica, no vanidad criminal. El mensaje era que el Estado negocia o reacciona, pero no manda solo. Los símbolos no mueren con quien los encarna; por eso este episodio no cierra nada, es ante todo una prueba de estrés para las instituciones mexicanas.

Declarar descabezada a la organización y dar el capítulo por cerrado sería el movimiento más cómodo. También el más desmentido por la experiencia. En los mercados criminales, el vacío rara vez trae calma; abre una licitación violenta por el mando. No cambia el negocio, cambia el gerente. Y durante el relevo, lo que se disputa no es solo una plaza: se renegocian rutas, cobros, lealtades, protección y disciplina interna.

El riesgo principal no es que el CJNG se derrumbe sino que se reorganice mejor; que aprenda del golpe y se haga más difícil de leer.

Un liderazgo sucesor puede bajar el perfil público y perfeccionar al mismo tiempo la captura institucional.

El problema nunca fue el capo sino el ecosistema que lo sostuvo: impunidad, complicidad local, miedo como forma de gobierno y una economía ilegal que se mezcla con la legal hasta volverse indistinguible en ciertos territorios. Nada de eso cambia con la muerte de Oseguera. Lo que sí cambia es la posición del Estado: al demostrar que puede llegar hasta el objetivo más protegido, pierde la coartada de que ciertos blancos son inalcanzables. Desde ahora, cualquier repunte de violencia en zonas clave no se leerá como inercia heredada sino como incapacidad para gobernar el vacío. Eso mueve el tablero; la métrica ya no puede ser solo la tendencia de homicidios, sino si el Estado recupera presencia real donde el CJNG gobernó.

Un golpe así también reorganiza incentivos: empuja a privilegiar trofeos por encima de fiscalías funcionales, inteligencia financiera y sanción de complicidades. Confundir eso con capacidad de gobierno sería el error más caro.

Lo que sigue no es ir por otro objetivo, sino ocupar el vacío: impedir que la sucesión se dirima a balazos, blindar los municipios donde se decide la vida cotidiana y romper la cadena de mando que opera a través de permisos, contratos y oficinas públicas.

Lo que pasó fue cazar a un hombre. Lo que viene es gobernar lo que deja. De eso depende si la muerte de El Mencho alteró algo de fondo, o si fue un golpe espectacular que no tocó nada.

X: @maeggleton

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