La Navidad es una de las épocas que pueden resultar más festivas y duraderas del año. En las tiendas departamentales, el espíritu navideño empieza a surgir a mediados de septiembre y, comúnmente, termina el 7 de enero, tras la llegada de los Reyes Magos. Las tiendas departamentales, los anuncios en televisión y radio, y las burbujas que se generan en las redes sociales —impulsadas incluso por la inteligencia artificial— nos muestran un mundo feliz, donde la gente gasta grandes cantidades de dinero en compras innecesarias o viajes; sin embargo, esta felicidad no es para todos.
Aristóteles distinguía entre el placer momentáneo (dinero, fama, posesiones) y la verdadera eudaimonía (felicidad o plenitud). El filósofo griego no negaba que estrenar algo se sienta bien, pero advertía que esa felicidad es volátil. Si basamos nuestra estabilidad emocional en lo externo, cuando las luces se apagan y llega la cuesta de enero, podemos quedarnos vacíos.
Esto puede ayudarnos a explicar uno de los efectos de la temporada decembrina: la sensación de tristeza o soledad. Si bien existe el mito de que los suicidios se disparan en Navidad, estudios del INEGI muestran que diciembre es uno de los meses en los que menos suicidios se consuman. La Asociación Mexicana de Psicología reporta que hasta un 30 % de la población mexicana sufre depresión y que este porcentaje se eleva en enero; reunirse con la familia y los amigos funciona como un factor de contención.
Sin embargo, ¿podemos afirmar que diciembre es el mes más doloroso? Existe una depresión estacional, una epidemia invisible causada por la brecha entre las expectativas personales y la realidad: quisiéramos tener más dinero, fama o viajes para alcanzar una felicidad artificial promovida por la mercadotecnia, pero la realidad se impone, chocamos con ella y nos sentimos profundamente solos y tristes.
La Navidad no celebra el consumo; celebra una llegada en medio de la precariedad: el nacimiento de un bebé, Jesucristo, en una cueva en Belén. El tiempo original de Adviento no es una fiesta de luces, sino un reconocimiento de nuestra propia oscuridad y necesidad. Así como el pueblo de Israel esperaba un salvador porque se sentía abandonado y sin gobierno, nosotros necesitamos reconocer nuestra propia soledad para que el mensaje tenga sentido. La Iglesia nos recuerda que existen felicidades sucedáneas, y lo expresa incluso en el domingo de Adviento conocido como Gaudete (del latín “¡regocíjense!”), que anuncia una alegría mucho mayor que todas nuestras alegrías y tristezas, una alegría que no defrauda y que nos recuerda que no estamos solos: Dios se hizo hombre. Este acontecimiento no ignora la tristeza, sino que nos ofrece una esperanza que no depende de nuestra tarjeta de crédito.