Los legisladores plurinominales tienen muy mala fama en México. Los puestos han pertenecido a las élites de los partidos y son, para una gran parte del público, precisamente los peores elementos (y a veces, solo a veces, sí que lo son). Tampoco gusta que no se dignen salir a solicitar el voto a los electores con lo que parecen decirles “no te necesito”. Además, comparten con el resto de sus compañeros —los elegidos por mayoría relativa— el descrédito de quien gasta cantidades considerables de recursos públicos sin trabajar mucho y, en cualquier caso, con escasa utilidad para las mayorías. Casi nadie se considera bien representado por sus representantes.

Todavía se encuentran más contras en los senadores plurinominales. Cuando los fundadores de la primera república moderna —los Estados Unidos de América— se daban a la tarea de diseñar su estructura y plasmarla en un documento rector, por encima de cualquier otro —la Constitución— idearon primero una cámara de representantes como órgano legislativo y discurrieron que ellos, los diputados, se harían elegir a partir de distritos electorales con un volumen de electores más o menos homogéneo. El resultado era que los estados más pequeños, por ejemplo, Rhode Island, se sentían en clara desventaja frente a los más grandes, como New York. No les valía el argumento de que los representantes lo serían del conjunto de la nación y no de su estado de origen, mucho menos de su distrito o su partido. La solución fue crear otra cámara colegisladora en la cual cada estado, independientemente de su volumen, tendría dos senadores, lo mismo Rhode Island que New York y así cada una de las demás excolonias. El nombre de “senado” se les ocurrió pensando en la república romana, por más que el significado de esos cuerpos no tenía nada en común.

De esta manera, que en el Senado mexicano actual exista una lista de 32 senadores de representación proporcional no tiene mucho sentido. Bien se podría prescindir de ellos. (Hay, además, 3 senadores por cada estado de la unión: dos de mayoría y uno de la primera minoría de cada entidad).

Las democracias modernas parten del principio de la igualdad de todos ante la ley, independientemente de cualquier diferencia. De ahí se desprende el postulado “una persona un voto”. Así, un sistema electoral ideal sería el que reparte en el parlamento exactamente el mismo porcentaje de asientos que el de votos obtenido por cada partido en las urnas. Un sistema puramente plurinominal, es decir, de representación proporcional pura se acercaría a ello. Un sistema en el que solo hubiera diputados de mayoría (solo accede al puesto la o el candidato que gana en cada distrito) es el que más se aleja, pues no toma en cuenta a las minorías, ni aunque obtuvieran el 49% de los votos. No sería saludable eliminar a los legisladores plurinominales, pues la cámara se alejaría totalmente de representar la pluralidad del electorado.

Hay quienes ven necesario reducir el número de legisladores, bajo el argumento de reducir el gasto. También se puede reducir el gasto disminuyendo dietas y, sobre todo, prerrogativas de los legisladores y de los gastos de campaña. En todo caso, la proporción 60/40 entre legisladores de mayoría y los de representación proporcional ha sido funcional. Si se eliminaran 100 diputados plurinominales para dejar la cámara con 400 curules, la proporción de los diputados de mayoría se elevaría a 75%. El sistema terminaría de transitar de uno de “partido dominante” al de “partido hegemónico”. Solo a la élite de ese partido ello le puede parecer positivo.

La otra necesidad, real y sentida, es la forma de seleccionar a los plurinominales. Conspicuos integrantes del partido en el poder han manifestado que la lista de representantes diferentes a los de mayoría se podría formar con los “mejores perdedores” de los partidos que no obtengan la mayoría en el conglomerado nacional. La otra forma es que las listas de candidatos que registren los partidos no sean cerradas, como lo son hoy: es decir, que no vayan ganando su lugar los candidatos en el orden que propuso el partido sino que, de cada lista, el electorado escoja a uno o más preferidos en el orden que mejor le parezca. Listas abiertas. Ambos métodos serían mejores que lo que hoy tenemos.

Académico de la UAQ en retiro

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