Existe toda una tradición de filósofos políticos que consideran que es más interesante la acción política que la reflexión (quizá todos lo piensan, pero no todos lo dicen): el buen ciudadano demócrata ateniense que sabe obedecer y mandar, alternativamente, como lo describe Aristóteles; Maquiavelo, que considera que el Príncipe prudente es el que no se atiene al azar, sino que trabaja para adelantarse a su suerte y que elogia al ciudadano que puede renunciar incluso a su ética privada para salvar la república; la célebre Tesis XI sobre Feuerbach, de Marx. Lenin, por su parte, interrumpe la redacción de su obra El Estado y la revolución por un “feliz estorbo”: la crisis política que detonó la Revolución de Octubre en la Rusia de 1917, pues “es más agradable y provechoso vivir la experiencia de la revolución que escribir acerca de ella”.
La ciencia política, como las demás ciencias sociales, sirven para conocer el funcionamiento de las sociedades, sus causas y sus probables derroteros. Pero se conoce la historia no para contemplar su evolución, sino para modificarla.
Weber reflexiona sobre el asunto. Y se refiere a quienes viven “de la política”. No hay una valoración negativa en ello, simplemente se trata de las personas que no tienen otro medio de vida suficiente para satisfacer sus necesidades. Viven “para la política”, en cambio, los que no dependen de los ingresos que ella les reporte, aunque nunca les dicen que no.
Los primeros —sigue Weber— se habrán de dedicar a ser o periodistas o funcionarios de las administraciones públicas o de los partidos. En su sentido más profundo, esto es meter “la mano en la rueda de la historia” ¿Y qué cualidades debe tener la persona que ostente ese derecho? Esto —aclara Weber— ya no pertenece al terreno de la ciencia, sino al de la ética. Son tres las cualidades que le parecen esenciales para ello: pasión, mesura y sentido de responsabilidad.
¿Qué podemos observar al respecto en la presidenta de México y, de paso, en su homólogo del país al norte?
Podemos suponer que “la causa” de Sheinbaum, con la que su corazón se apasiona, es lo que expresa la frase “primero los pobres”. (También muestra cierta pasión por “la soberanía nacional”, pero no queda claro cómo la entiende). Ello, por cierto, a diferencia del presidente vecino, que da claras señalas de que él mismo es su propia causa, algo que Weber calificaba como “el pecado contra el Espíritu Santo” de la política, esto es, el único pecado imperdonable.
Mesura, en cambio, es cabeza fría, una cualidad preferida por Sheinbaum y que le ha servido para capotear con éxito las veleidades del pecador político estadounidense. Es cierto que en ocasiones pierde esa cabeza fría: contra la prensa que no la alaba o que es crítica de su partido y, en general, contra sus opositores. Pero parece que no pasa de ciertos exabruptos, explicables para quien comparece a diario ante medios de comunicación. Claro que son reveladores de cierta intolerancia a los que tienen convicciones diferentes a las de ella; es explicable, pero no justificable en una jefa de estado que debe gobernar para todos, sin hacer diferencias.
El problema está en su sentido de responsabilidad. Porque lo propio de un político es dar la cara. Puede descargar culpas en subordinados nombrados por ella, pero llega un punto en el que no hay nadie detrás a quien señalar. La presidenta parece asumir como propios los yerros de miembros conspicuos de su movimiento, pero no para resolverlos, sino para cubrirlos. Barre la basura bajo la alfombra. O utiliza el ya manido recurso de culpar al pasado, en especial a Felipe Calderón, su villano favorito. Ello ya se agotó. Si bien México adolece de innumerables problemas que se han forjado por décadas, quien gobierna debe resolverlos, emprender el camino de las soluciones y no lamentarse, porque por ello se hizo elegir. Porque, aun suponiendo que todos los problemas (particularmente los relativos a la seguridad y al desempeño económico) fueran culpa de Calderón, ¿qué tenemos que esperar los ciudadanos? ¿Que vuelva Calderón a resolverlos? Dios nos libre.
Académico de la UAQ