Durante años se ha dicho que las mujeres están redefiniendo el liderazgo. Y es cierto, pero hay algo aún más profundo, las mujeres ejecutivas no sólo están ocupando puestos de decisión, también están impulsando un modelo de liderazgo que busca integrar la vida personal y profesional desde la flexibilidad, la corresponsabilidad y el bienestar.
De acuerdo con el Peterson Institute for International Economics, las empresas con al menos 30% de mujeres en puestos directivos pueden aumentar su rentabilidad hasta 15%. Es decir, el liderazgo femenino no es sólo una cuestión de diversidad o equidad, también es una estrategia de valor para los negocios.
Sin embargo, detrás de estas cifras existe una realidad que pocas veces se aborda o se quiere abordar: el costo personal que muchas mujeres pagan para alcanzar posiciones de liderazgo.
Las mujeres que ocupan cargos directivos suelen desenvolverse en entornos laborales que históricamente han sido diseñados bajo una lógica que exige disponibilidad total. En la práctica, esto implica que muchas de ellas enfrentan una doble jornada: la profesional y la personal. Esta combinación suele traducirse en una carga mental y física que pone en riesgo su bienestar.
No por nada, datos del Instituto Mexicano para la Competencia muestran que la participación de mujeres con hijos llega apenas al 38% en puestos de mando medio y cae al 16% en posiciones de alta dirección. Y es que en México —y en gran parte de América Latina—, aunque cada vez más mujeres se incorporan al mercado laboral, la responsabilidad principal del hogar y del cuidado familiar continúa recayendo de forma desproporcionada sobre ellas.
Por ello, el verdadero desafío hoy no es únicamente impulsar más mujeres en posiciones directivas, sino transformar las condiciones que permitan que ese liderazgo sea sostenible.
Como señala Iván Javier González, director en México de EFR (empresas familiarmente responsables) de la Fundación Másfamilia, “una estrategia de conciliación real puede permitir que las mujeres optimicen su rendimiento sin verse obligadas a elegir entre su desarrollo profesional y su vida personal”. Pero también advierte que el equilibrio entre ambos mundos no puede seguir siendo una lucha individual, aislada, requiere servicios, infraestructura de apoyo y nuevas formas de organización del trabajo.
Las empresas tienen aquí una enorme tarea. Según la iniciativa EFR, las medidas de conciliación más efectivas no siempre implican grandes inversiones, sino transformaciones culturales que impacten el bienestar de las personas y el desempeño de las organizaciones.
Entre ellas destacan la flexibilidad laboral real, que permita gestionar tiempo y lugar de trabajo; el salario emocional, entendido como beneficios que facilitan el equilibrio entre vida personal y profesional; y la prevención del agotamiento, un tema especialmente relevante si consideramos que en México las mujeres tienen 1.5 veces más probabilidad que los hombres de padecer burnout.
Es hora de entender que el equilibrio entre vida personal y trabajo no debe verse como un privilegio.