Kristel González

Volver al mismo lugar

Hay algo sospechoso en nuestra obsesión por hacer siempre algo nuevo. Una nueva obra, una nueva técnica, una nueva idea. Como si repetir fuera una especie de fracaso creativo, como si volver sobre nuestros propios pasos significara que ya no tenemos nada más que decir.

Pero buena parte del arte está hecha precisamente de repeticiones. Louise Bourgeois regresó una y otra vez a las arañas, las casas, el cuerpo y la memoria. Yayoi Kusama convirtió el punto en un gesto interminable. Ana Mendieta volvió constantemente a la silueta de su cuerpo, haciéndola aparecer y desaparecer en tierra, arena, fuego o vegetación. Agnes Martin trabajó durante años con líneas y retículas cuya aparente repetición revela, al mirar con atención, pequeñas diferencias.

Ninguna de ellas se quedó sin temas. Quizá algunos temas son demasiado grandes para resolverse en una sola obra. Hace tiempo pensaba que mis intereses creativos eran dispersos. Hay temporadas en las que quiero dibujar, otras en las que necesito hacer grabado; después aparece la fotografía, la acuarela, la encuadernación o el textil. Durante mucho tiempo creí que esa movilidad significaba no haber encontrado una dirección. Ahora pienso que quizá la dirección está precisamente en esos regresos.

Porque nunca se vuelve realmente al mismo sitio. Podemos dibujar el mismo árbol diez años después y será otro árbol, incluso si sigue exactamente donde estaba. No necesariamente porque haya cambiado él, sino porque ha cambiado quien lo mira.

Pensemos en una línea. Podemos intentar trazarla dos veces de la misma manera, con el mismo lápiz y sobre el mismo papel. Aun así cambiará la presión de la mano, la cantidad de grafito, la velocidad. Cada línea pertenece al instante en que fue trazada y ese instante es irrepetible.

Quizá por eso me gusta tanto el grabado. Una matriz promete repetición: una misma superficie puede producir muchas impresiones. Sin embargo, cualquiera que haya impreso manualmente sabe que esa igualdad es una pequeña ficción. Cambia la tinta, la presión, el papel, la humedad, incluso nuestro cansancio.

Las imágenes pertenecen a una misma familia, pero ninguna es idéntica a la anterior. La repetición produce diferencias. Sucede también fuera del arte. Regresamos a un libro y encontramos frases que antes parecían invisibles. Escuchamos una canción años después y significa otra cosa. Volvemos a una fotografía conocida y descubrimos un gesto en el fondo.

El objeto permanece. Nosotras no. Tal vez por eso ciertas artistas parecen pasar toda su vida rodeando una misma pregunta: ¿qué es un cuerpo?, ¿qué significa mirar?, ¿cómo se representa el tiempo?, ¿cuánto puede cambiar una imagen sin dejar de ser ella misma?

Quizá encontrar una voz propia tenga menos que ver con inventar constantemente nuevas preguntas y más con reconocer aquellas a las que inevitablemente regresamos.

La práctica creativa rara vez avanza en línea recta. Se parece más a una espiral. Volvemos al dibujo después de aprender fotografía y dibujamos distinto. Regresamos al color después del blanco y negro y encontramos relaciones nuevas. Retomamos una técnica abandonada y nuestras manos recuerdan cosas que nuestra cabeza había olvidado.

No empezamos desde cero. Llevamos con nosotras todo lo ocurrido mientras estuvimos lejos. Por eso repetir no siempre significa quedarse quieta. A veces repetimos precisamente para poder observar la diferencia. Y tal vez crear sea eso: regresar muchas veces al mismo lugar hasta descubrir que nunca fue el mismo.

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