La mesa está cubierta de pigmentos, frascos, plumas invisibles. Una mujer con ojos de animal alquímico sopla sobre un lienzo y, en el soplo, nacen pájaros que no son aves sino pensamientos con alas. En La creación de las aves, la luz entra como un secreto doméstico y el universo parece gestarse en silencio, entre utensilios cotidianos y símbolos que palpitan como si recordaran una lengua antigua.

La obra de Leonora Carrington es relevante porque desarma la idea de que el surrealismo fue un territorio dominado por la mirada masculina. Ella no soñó para escapar del mundo: soñó para reescribirlo. Sus pinturas rompen con la narrativa del genio solitario y del cuerpo femenino como objeto de contemplación; en su lugar, proponen un lenguaje donde las mujeres son alquimistas, guardianas de secretos, creadoras de vida simbólica. En sus escenas, la imaginación no es fuga sino método de conocimiento.

Llegó a México huyendo de la guerra europea y de un sistema que castigaba la diferencia. Aquí encontró un paisaje propicio para sus mitologías: el diálogo entre lo prehispánico, lo colonial y lo contemporáneo, la convivencia de lo mágico con lo cotidiano. Sin necesidad de proclamas, su pintura absorbió ese cruce de tradiciones, mezclando tarot, cábala, cuentos celtas, herbolaria, cocina, memoria doméstica. La casa dejó de ser encierro: se volvió laboratorio de símbolos.

En sus obras más esotéricas, los cuerpos femeninos mutan sin pedir permiso. Son híbridos de bestia y estrella, de mujer y planta, de niña y anciana sabia. No hay jerarquía entre naturaleza y cultura: todo respira en un mismo tejido. Las mesas son altares, los gatos son testigos, los caballos son memoria de libertad. La transformación no es castigo sino destino. El surrealismo de Carrington no busca el escándalo sino la revelación: nos recuerda que la identidad es un proceso en movimiento, una alquimia donde el dolor puede convertirse en conocimiento.

Sus metáforas hablan de lo invisible que sostiene la vida: la cocina como espacio de hechicería cotidiana, la amistad entre mujeres como red de resistencia, la locura como territorio de rebeldía ante un orden que exige obediencia. En sus criaturas, lo monstruoso deja de ser amenaza para volverse posibilidad. El cuerpo femenino, tantas veces vigilado, aparece como territorio sagrado, capaz de generar mundos.

Hoy, cuando la imaginación parece domesticada por la velocidad y el ruido, su obra sigue siendo necesaria. Nos invita a recuperar el derecho a lo simbólico, a pensar el mundo desde la intuición y la memoria. En tiempos de violencia contra la naturaleza y contra los cuerpos de las mujeres, sus pinturas recuerdan que todo está interconectado: destruir un bosque es mutilar un mito; silenciar una voz es borrar un universo.

Hay en sus escenas una calma extraña, como si el tiempo se suspendiera para escuchar el murmullo de lo que todavía no nace. Mirarlas es recordar que cada gesto cotidiano; cortar una fruta, encender una vela, escribir una palabra; puede ser un acto de creación. Hay algo profundamente necesario en mirar sus criaturas: nos devuelven una sensibilidad que habíamos olvidado. Nos enseñan que la fragilidad puede ser fértil, que el miedo puede volverse transformación, que el cuidado de lo invisible también es una tarea pública.

Google News