Kristel González

Pintar lo invisible

En Hilma af Klint, lo femenino no es un tema, sino una estructura: una manera de organizar el mundo desde la relación y no desde la conquista

Hay pinturas que no representan nada y, sin embargo, parecen recordar algo que hemos olvidado.

En los lienzos de Hilma af Klint, las formas flotan como si fueran semillas suspendidas en el aire: espirales, círculos, líneas que no describen objetos, sino pulsaciones. Frente a ellas, no miramos un paisaje ni un cuerpo, sino un territorio interior. Algo se abre. Algo tiembla. Algo invisible insiste en ser escuchado.

Durante mucho tiempo, la historia del arte nos enseñó que la abstracción nació del gesto heroico de los grandes maestros de la modernidad. Kandinsky, Mondrian, Malevich fueron presentados como los iniciadores de un lenguaje nuevo, desligado de la representación. Pero antes de ellos, en silencio, una mujer en Suecia ya estaba pintando aquello que no podía ser visto. Hilma af Klint no solo se adelantó a la abstracción: la pensó desde otra sensibilidad. Su obra cuestiona el relato oficial del arte moderno y nos obliga a preguntarnos qué formas de conocimiento han sido excluidas por no responder a la lógica dominante.

Mientras Europa celebraba la razón, la ciencia y el progreso, Hilma af Klint exploraba zonas que la modernidad consideraba sospechosas: el espiritismo, la teosofía, la relación entre ciencia y misticismo, la idea de que el universo es una red de fuerzas visibles e invisibles. Pintaba no para representar el mundo exterior, sino para traducir aquello que se manifestaba en otra dimensión. En su estudio, la pintura no era un objeto, sino un acto de escucha.

En sus series monumentales, las geometrías conviven con formas orgánicas, como si la naturaleza y el pensamiento se tocaran en un mismo gesto. Lo femenino y lo masculino, lo material y lo espiritual, lo racional y lo intuitivo aparecen como fuerzas en diálogo, no en jerarquía. En Hilma af Klint, lo femenino no es un tema, sino una estructura: una manera de organizar el mundo desde la relación y no desde la conquista. Sus colores no ilustran, sus símbolos no explican; sugieren. Cada obra es un mapa de aquello que no tiene nombre: la energía, la transformación, la vida interior.

Quizá por eso comprendió que su tiempo no estaba preparado para su obra. Decidió que sus pinturas no se exhibieran hasta décadas después de su muerte. Pintó para un futuro que aún no existía. En ese gesto hay una lucidez radical: la conciencia de que la historia del arte no estaba lista para una voz femenina que no imitara los lenguajes dominantes, sino que los desbordara.

Hoy, en un presente saturado de imágenes, velocidad y certezas, la obra de Hilma af Klint vuelve a interpelarnos. Nos recuerda que el arte no es solo representación ni espectáculo, sino una forma de conocimiento sensible. Que existen otras maneras de mirar el mundo que no pasan por la lógica del control, sino por la del vínculo. Su abstracción no impone una forma: abre un espacio. No explica: deja que algo ocurra.

Frente a sus pinturas, uno no se siente espectador, sino habitante de un umbral. Sus formas parecen decirnos que la realidad es más amplia que sus contornos visibles, que lo que no se ve también sostiene lo que existe. Hay algo en su obra que resuena como un eco antiguo: la intuición de que lo femenino no es solo un género, sino una forma de habitar el misterio.

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