La obra de Beatriz Cortez se sitúa en un territorio donde el tiempo, la memoria y la migración se entrelazan para cuestionar las narrativas lineales del progreso. Artista salvadoreña radicada en Estados Unidos, su práctica multidisciplinaria —que abarca escultura, instalación, dibujo y escritura— propone imaginar otros futuros posibles a partir de las ruinas del pasado. En sus proyectos, el arte se convierte en una herramienta para pensar la historia desde perspectivas desplazadas, atravesadas por la experiencia de la diáspora centroamericana y por las huellas de la violencia política.
Uno de los ejes centrales de su trabajo es la idea de “temporalidades múltiples”. Frente a la noción moderna de un tiempo único y progresivo, Cortez plantea que el pasado, el presente y el futuro coexisten y se superponen. Esta visión se materializa en esculturas que parecen máquinas del tiempo o artefactos arqueológicos provenientes de civilizaciones desconocidas. Construidas con acero, tierra, rocas volcánicas y otros materiales industriales o geológicos, estas piezas evocan tanto reliquias antiguas como tecnologías futuristas, creando una estética que oscila entre lo ancestral y lo especulativo.
En varias de sus obras aparecen estructuras que recuerdan vehículos o cápsulas capaces de viajar en el tiempo. Sin embargo, estas máquinas no responden a la lógica del progreso tecnológico dominante. Más bien sugieren la posibilidad de imaginar futuros desde perspectivas históricamente marginadas. Cortez ha explicado que muchas de estas piezas surgen de preguntarse qué tipo de tecnologías podrían concebir las comunidades que han sobrevivido a la guerra, al desplazamiento y a las crisis políticas. De esta manera, sus esculturas funcionan como ejercicios de imaginación política: dispositivos que abren preguntas sobre quién tiene derecho a imaginar el futuro.
Otro aspecto fundamental en su práctica es la relación con la historia centroamericana, especialmente con los conflictos armados que marcaron la región durante el siglo XX. La artista creció en El Salvador durante la guerra civil, y esa experiencia atraviesa su obra de manera profunda, aunque no siempre literal. En lugar de representar directamente escenas de violencia, Cortez explora cómo esos acontecimientos transforman las formas de recordar, narrar y habitar el mundo. Sus instalaciones a menudo aluden a paisajes devastados, a restos materiales o a fragmentos de memoria que sobreviven al paso del tiempo.
Esta reflexión se vincula también con su interés por la arqueología y la geología. En muchas piezas, los materiales parecen extraídos de capas profundas de la tierra, como si fueran vestigios de un futuro ya pasado. Este juego temporal cuestiona la manera en que las sociedades construyen sus relatos históricos. Para Cortez, el presente está lleno de restos y señales que permiten imaginar otros horizontes temporales: civilizaciones que pudieron haber existido o que quizá existirán.
La noción de migración atraviesa igualmente su
trabajo.