Maruja Mallo nació en 1902 en Viveiro, Galicia, frente al mar y bajo un paisaje que parecía ya anunciar su vocación por lo geológico, lo cíclico y lo simbólico. Desde joven entendió el arte no como ornamento, sino como una forma de pensamiento: una estructura capaz de revelar el orden oculto del mundo. Su traslado a Madrid y su ingreso en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando marcaron el inicio de una trayectoria radical, tanto estética como vital. Allí compartió generación con Salvador Dalí, Concha Méndez, Luis Buñuel, Margarita Manso y García Lorca, pero nunca ocupó un lugar secundario: su mirada fue siempre autónoma, crítica y profundamente moderna.

Fue cercana al surrealismo, pero rechazó la arbitrariedad pura; dialogó con la vanguardia sin renunciar a una sólida estructura formal. En la pintura de Maruja Mallo no hay gesto impulsivo sin cálculo previo: cada forma responde a un orden interno, casi arquitectónico. Sus composiciones se construyen a partir de ejes, ritmos y repeticiones que recuerdan tanto a la geometría como a la coreografía. La tensión entre razón y deseo, entre cálculo geométrico y pulsión vital, es uno de los motores más visibles de su obra.

En otras etapas de su producción, especialmente durante el exilio, su pintura se vuelve más depurada y simbólica. Las figuras humanas se simplifican, los fondos se vuelven más abstractos y el color adquiere un peso estructural. En obras como La sorpresa del trigo o Canto de las espigas, los cuerpos femeninos se integran al paisaje como fuerzas primarias: brazos que se alargan como espigas, rostros que miran al horizonte, volúmenes sólidos que parecen sostener el equilibrio del mundo. No se trata de escenas bucólicas, sino de imágenes casi míticas, donde la mujer encarna un principio activo de orden, fertilidad y transformación.

A lo largo de toda su producción, Maruja Mallo trabaja con una iconografía propia: máscaras, manos, herramientas, frutos, estructuras arquitectónicas y elementos naturales se repiten y se reorganizan como si formaran parte de un lenguaje visual autónomo. Sus cuadros no buscan narrar una historia lineal, sino proponer sistemas de relaciones. Mirarlos es entrar en un espacio donde lo humano, lo social y lo natural se articulan bajo una lógica simbólica rigurosa, profundamente moderna y todavía inquietante.

El exilio, provocado por la Guerra Civil, fue un punto de quiebre. En Argentina y luego en otros países de América Latina, Maruja Mallo reformuló su lenguaje plástico. La nostalgia no se manifestó como melancolía, sino como búsqueda de nuevos órdenes visuales. Sus composiciones se volvieron más depuradas, más simbólicas, más abstractas en su estructura, sin perder nunca su potencia sensorial. América le ofreció nuevos mitos, nuevas geografías y una relación distinta con la naturaleza, que ella tradujo en un imaginario de fuerzas primarias y arquitecturas mentales.

A diferencia de muchos de sus contemporáneos, Maruja Mallo pensó el arte como una ciencia poética: una forma de conocimiento que articula intuición, matemática y mito.

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