En México se repite con frecuencia una idea que parece natural: las lenguas indígenas “se están perdiendo”. La frase aparece en discursos oficiales, en libros escolares y en conversaciones cotidianas. Sin embargo, la lingüista y escritora ayuujk Yásnaya Elena Aguilar Gil ha insistido en desmontar esa aparente naturalidad. Las lenguas, explica, no desaparecen por sí solas: son desplazadas. Detrás de cada lengua que deja de hablarse existe una historia de poder, de imposiciones culturales y de políticas que han privilegiado ciertas formas de conocimiento sobre otras. Desde esa perspectiva, hablar de la desaparición de una lengua implica hablar también de historia, de territorio y de desigualdad.
Originaria de Ayutla Mixe, en la sierra norte de Oaxaca, Aguilar Gil pertenece al pueblo ayuujk —conocido comúnmente como mixe—, una comunidad con una profunda tradición lingüística y cultural. Su trabajo se mueve entre la investigación lingüística, la escritura ensayística y la reflexión política sobre la diversidad cultural en México. A través de conferencias, textos y participaciones públicas, se ha convertido en una de las voces más claras y agudas para pensar la situación de las lenguas indígenas en el país.
Uno de los ejes centrales de su pensamiento es cuestionar la idea de que México es un país monolingüe. Aunque el español domina la esfera pública, el territorio mexicano es profundamente multilingüe. Decenas de lenguas indígenas siguen vivas y continúan siendo habladas por millones de personas, cada una con estructuras gramaticales propias, historias particulares y visiones del mundo que no pueden reducirse a simples variantes regionales.
Para Aguilar Gil, una lengua no es únicamente un medio de comunicación: es también una forma de entender la realidad. En cada idioma se organizan de manera distinta el tiempo, el espacio, la naturaleza y las relaciones entre las personas. Cuando una lengua se pierde, no desaparecen solamente palabras; se diluye también una forma particular de mirar el mundo.
Desde esta perspectiva, el desplazamiento lingüístico no es únicamente un fenómeno cultural, sino también político. Durante siglos, los proyectos de construcción nacional privilegiaron el español como lengua dominante, mientras que las lenguas indígenas fueron relegadas al ámbito doméstico o comunitario. En muchos casos, hablar una lengua originaria fue motivo de discriminación, estigmatización o exclusión social.
Frente a este panorama, el trabajo de Aguilar Gil busca abrir una conversación más amplia sobre la diversidad lingüística y las responsabilidades colectivas que implica habitar un país tan complejo como México. Sus reflexiones invitan a pensar que la pluralidad lingüística no es un vestigio del pasado, sino una realidad contemporánea que exige reconocimiento, respeto y políticas culturales más profundas.
Pero su voz también ha contribuido a cambiar la manera en que se narran estas historias. En lugar de situar a las lenguas indígenas únicamente en el registro de la pérdida o la nostalgia, Aguilar Gil insiste en mirarlas como sistemas vivos, dinámicos y profundamente vinculados a los territorios y comunidades que las sostienen.
Hablar de lenguas, en ese sentido, es hablar de memoria, pero también de futuro.