Hay imágenes que documentan un momento. Otras parecen registrar algo más difícil de nombrar: una atmósfera, una intuición, una presencia. No muestran únicamente lo que ocurrió frente a la cámara, sino aquello que permanece flotando alrededor del acontecimiento. Como si la fotografía, en lugar de capturar la realidad, intentara escucharla.
Pienso en esto al observar la obra de Graciela Iturbide. Con frecuencia se habla de sus fotografías más conocidas: las mujeres de Juchitán, los paisajes del desierto, las aves que aparecen una y otra vez en su trabajo. Sin embargo, lo que más me interesa no son las imágenes aisladas, sino la manera en que construye una mirada. Una forma de observar que parece situarse en algún punto intermedio entre el documento, el símbolo y el mito.
Vivimos rodeados de imágenes. Cada día producimos cientos de fotografías con la intención de conservar recuerdos, compartir experiencias o demostrar que estuvimos en algún lugar. La cámara se ha convertido en una extensión cotidiana de nuestra memoria. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a pensar qué significa realmente mirar.
Mirar no es lo mismo que ver. Ver es reconocer formas. Mirar implica permanecer. Implica aceptar que algo del mundo merece nuestra atención durante más tiempo del que exige la prisa.
Quizá por eso las fotografías de Iturbide producen una sensación extraña. Aunque retratan personas, animales, objetos o paisajes concretos, parecen resistirse a una lectura inmediata. Hay algo en ellas que permanece abierto. Una mujer cargando iguanas sobre la cabeza deja de ser únicamente una mujer. Un pájaro deja de ser únicamente un pájaro. El objeto fotografiado conserva su realidad material, pero al mismo tiempo adquiere una dimensión simbólica.
No se trata de inventar fantasías sobre lo que existe. Tampoco de embellecer la realidad. Más bien ocurre lo contrario: la observación se vuelve tan profunda que comienza a revelar capas que normalmente pasan desapercibidas. La propia Iturbide ha descrito la fotografía como un ritual: salir con la cámara, observar, encontrar los aspectos más mitológicos de las personas y después regresar para seleccionar aquellas imágenes capaces de condensar un significado más amplio.
La palabra ritual resulta especialmente sugerente. Un ritual no es una acción destinada únicamente a producir un resultado. También transforma a quien lo realiza. Quizá por eso algunas prácticas artísticas se parecen tanto a ciertas formas de contemplación. Dibujar durante horas. Bordar una memoria. Escribir un diario. Caminar observando un paisaje. Todas son actividades que modifican nuestra relación con el tiempo.
La cámara, en ese sentido, puede funcionar como una herramienta de registro, pero también como un instrumento para aprender a mirar. En una época obsesionada con producir imágenes, tal vez la pregunta importante no sea cuántas fotografías hacemos, sino qué tipo de atención depositamos en aquello que fotografiamos. Porque toda mirada implica una elección. Elegimos qué queda dentro del encuadre y qué permanece fuera. Elegimos dónde detenernos. Elegimos qué merece ser observado.Y quizá ahí reside la diferencia entre una imagen que únicamente informa y una imagen que permanece.
La primera nos dice qué ocurrió.La segunda nos invita a preguntarnos qué significa.¿Qué ocurre cuando una fotografía deja de registrar la realidad y comienza a interpretarla? Tal vez ocurre algo semejante a lo que sucede con la memoria. Los hechos permanecen, pero con el tiempo se llenan de símbolos, asociaciones y relatos. Dejamos de recordar solamente lo que vimos y comenzamos a recordar aquello que sentimos.
Quizá por eso algunas fotografías sobreviven durante décadas. No porque documenten mejor el mundo, sino porque nos recuerdan que la realidad siempre contiene más significados de los que alcanzamos a percibir en un primer vistazo.