Kristel González

La casa como umbral a lo siniestro

Tanning elige materiales asociados a lo femenino y lo hogareño como tela, costura y relleno para construir monstruos silenciosos. Es una operación política sutil

Hay artistas que envejecen afinando el trazo, y hay otras —más raras, más inquietantes— que envejecen afinando la pesadilla. Dorothea Tanning pertenece a esta segunda estirpe. Nacida en 1910 en Illinois y fallecida en 2012 a los 101 años, su obra tardía no fue un apaciguamiento sino una radicalización: un desplazamiento del surrealismo onírico hacia una zona más corporal, más viscosa, más domésticamente monstruosa.

Durante décadas fue leída, reducida y mal archivada como “la esposa de Max Ernst”. Hoy, por fortuna, su nombre empieza a pronunciarse con la gravedad que merece. Y lo que más perturba y seduce de su legado no son sus primeras pinturas de puertas entreabiertas y niñas ambiguas, sino lo que vino después: esas casas blandas, esos cuerpos sin piel, esos muebles que parecen respirar.

En su pintura tardía, Tanning ya no necesita escenarios explícitamente oníricos. El sueño ocurre dentro de la sala, en el dormitorio, en el pasillo. La casa deja de ser refugio y se vuelve umbral. Hay sofás que se deforman como si tuvieran músculos; cortinas que parecen lenguas; papeles tapiz que se ondulan como carne. No hay sangre, no hay crimen visible. Hay algo peor: una intimidad que se vuelve inestable.

Lo doméstico, en Tanning, no es el lugar de la calma sino el lugar donde el yo se descompone. Donde la identidad se afloja como costura vieja. En obras como Birthday (1942) ya estaba la puerta abierta a lo extraño, pero es en las décadas posteriores —sobre todo desde los años sesenta— donde su imaginario se vuelve verdaderamente carnal. Sus figuras pierden rostro, se funden con telas, brotan de sillones o se desploman como muñecas rotas. Ya no son personajes: son estados del cuerpo. Estados del miedo. Estados del deseo.

Este tránsito encuentra su forma más literal en sus esculturas textiles: figuras hechas de tela, relleno, costuras visibles. Cuerpos blandos, casi obscenos en su vulnerabilidad. No son muñecas ni fetiches; son restos de alguien. Almas acolchonadas. Fantasmas domésticos.

Tanning elige materiales asociados a lo femenino y lo hogareño como tela, costura y relleno para construir monstruos silenciosos. Es una operación política sutil: tomar los símbolos de la labor doméstica y convertirlos en testimonios de angustia existencial. Como si la casa, al fin, confesara todo lo que ha visto.

Hay algo profundamente inquietante en esa decisión. Porque no se trata de una crítica panfletaria al rol de la mujer. Es algo más íntimo: una sensación de que la vida privada es un territorio psíquico peligroso. Que el encierro cotidiano, la repetición, la convivencia forzada con uno mismo, generan mutaciones invisibles.

En su escritura, Tanning fue también poeta y memorialista; aparece una lucidez feroz. Nunca habló desde la victimización. Habló desde la ironía, desde una inteligencia que sabía que el surrealismo no era solo una estética sino una herramienta para desobedecer la realidad.

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