Dos dedos se separan sobre una pantalla y un rostro crece. Los ojos se acercan, una mano ocupa el lugar donde antes cabía una figura entera. Podemos recorrer una pintura sin levantarnos de la silla. Pero, mientras la imagen obedece a nuestros dedos, nos llegamos a preguntar ¿cuánto realmente mide aquello que estamos mirando? En el teléfono, obras de tamaños muy distintos pasan por un mismo rectángulo. Una pintura de cuarenta centímetros puede ocupar tanto espacio como un lienzo que supera el metro y medio. Aprendemos a reconocer sus formas y quizá las recordemos durante años sin saber qué lugar ocuparían frente a nosotros. La familiaridad con una imagen puede convivir con el desconocimiento de su cuerpo.
Pienso en Las dos Fridas, pintada por Frida Kahlo en 1939. El óleo sobre lienzo mide 173.5 centímetros de alto por 173 de ancho. Dos figuras sentadas se toman de la mano. Los vestidos, los corazones expuestos y el vaso sanguíneo que las conecta forman una escena que muchas personas hemos conocido primero a través de reproducciones.
Conviene detenernos en esas medidas. Imaginar un cuadrado de esa extensión sobre una pared, calcular su altura respecto de la nuestra. La escena adquiere otra presencia cuando sabemos que las dos figuras comparten una superficie tan amplia. Podemos pensar en el espacio entre sus cuerpos, en el peso de las faldas sobre el banco, en el gesto de las manos. La imagen que recordábamos comienza a pedir sitio.
Remedios Varo, en su cuadro, Encuentro, de 1959, una figura sentada levanta la tapa de un pequeño cofre y descubre unos ojos que le devuelven la mirada. Hay otras cajas al fondo. El óleo sobre lienzo mide apenas cuarenta centímetros de alto por treinta de ancho. Aquí, la contemplación se concentra en una superficie mucho menor. Me interesa imaginar la atención que pide ese rostro dentro de la caja: el tiempo de descubrirlo, el impulso de acercarse. Podemos recorrer ese interior como quien examina un objeto extraño, siguiendo indicios que se revelan poco a poco.
Las dos pinturas permiten pensar en la experiencia de verse duplicada. Esa afinidad no vuelve equivalentes sus historias ni sus lenguajes. Sirve para formular una pregunta: ¿cómo cambia nuestro encuentro con una figura cuando su imagen ocupa una gran superficie o en unos pocos centímetros? En pantalla la diferencia puede desaparecer. Una junto a otra, ajustadas al mismo ancho, parecen pertenecer a un mundo sin medidas.
La dimensión aparece en la relación entre la obra, nuestro cuerpo y su entorno. Mirar involucra la posición de la cabeza, la distancia disponible y el recorrido de los ojos. Acercarse permite atender un detalle; alejarse, recuperar el conjunto. Entre ambos gestos cambia lo que podemos reunir en una sola mirada.