Antes de ser una herramienta común en el arte, el diseño o la educación visual, el círculo cromático fue un territorio en disputa: entre ciencia y percepción, entre medición y experiencia, entre objetividad y sensibilidad. Su historia revela que el color nunca fue un fenómeno neutral, sino un campo donde se cruzan el cuerpo, la mirada y la cultura. Contrario a lo que solemos pensar, los primeros sistemas circulares relacionados con el color no nacieron con una intención artística, sino médica y científica. Fue solo con el tiempo —y gracias a pensadores y artistas— que el color comenzó a entenderse como un lenguaje emocional, simbólico y humano.
Uno de los antecedentes más tempranos de un “círculo cromático” no tiene relación directa con la pintura ni con la estética, sino con la medicina medieval. Durante la Edad Media, médicos europeos utilizaban ruedas cromáticas de la orina para diagnosticar enfermedades. Estas ruedas mostraban una gama circular de tonos —del amarillo pálido al marrón oscuro— y se creía que cada color correspondía a un estado específico del cuerpo.
El color, aquí, era síntoma: una señal visual que permitía leer lo invisible. Este antecedente es revelador: El color aparece primero como herramienta de interpretación del cuerpo, no como elemento decorativo ni artístico. Desde su origen, el color está ligado a la observación, a la experiencia y al significado.
En el siglo XVII, el científico inglés Isaac Newton (1643–1727) marcó un punto de inflexión en la historia del color. A través de experimentos con prismas, demostró que la luz blanca podía descomponerse en un espectro de colores visibles.
Newton organizó estos colores en una forma circular, dando origen a uno de los primeros círculos cromáticos modernos. Sin embargo, es importante subrayar algo esencial: Newton no creó su círculo para hablar del color como experiencia visual o emocional.
Su interés era estrictamente físico:demostrar que el color es una propiedad de la luz, medirlo, clasificarlo, entenderlo como fenómeno objetivo. El círculo de Newton no buscaba armonía estética ni significado simbólico. De hecho, los colores fueron acomodados en función de notas musicales, intentando establecer una analogía matemática entre sonido y luz. El color, en este enfoque, es dato, no vivencia.
A finales del siglo XVIII e inicios del XIX, Johann Wolfgang von Goethe (1749–1832) —poeta, pensador y observador de la naturaleza— cuestionó abiertamente la visión newtoniana. En su obra Teoría de los colores (1810), Goethe propuso algo radical para su época: El color no existe solo en la luz, existe en la relación entre la luz, la oscuridad y el ojo humano.
Para Goethe, la teoría de Newton explicaba cómo funciona la luz, pero no explicaba cómo el color es vivido. Su interés no estaba en la medición, sino en la percepción, la emoción y el efecto psicológico del color. El círculo cromático de Goethe es uno de los primeros sistemas del color pensados desde la experiencia humana. A diferencia del modelo de Newton: no es matemático, no es musical, no es neutral. Es un círculo perceptivo y simbólico.
Goethe organiza los colores a partir de polaridades: Amarillo: luz, cercanía, calidez, expansión, vitalidad. Azul: sombra, lejanía, frío, introspección, melancolía.

