Kristel González

El aire también tiene forma

Hay olores que nos hacen detenernos antes de saber de dónde vienen. Giramos, buscamos una ventana, un recipiente, algo que explique ese aroma. A veces reconocemos una especia; otras, apenas encontramos una sensación como huele dulce o algo quemado. ¿Qué sucedería si ese olor fuera parte de una obra de arte? La pregunta cambia nuestra manera de entrar en una exposición. Solemos buscar aquello que podemos localizar: una pintura sobre el muro, una escultura sobre un pedestal, una proyección. Con el olor, esa ubicación se vuelve incierta. Podemos identificar el lugar desde donde se desprende, pero su alcance continúa más allá de su contenedor. El aire participa en la composición y nuestra respiración interviene en el encuentro.

La artista e investigadora noruega Sissel Tolaas ha hecho del olfato un campo de trabajo. En 2025 presentó una instalación realizada por encargo de TBA21 para Terrafilia. Más allá de lo humano en las colecciones Thyssen-Bornemisza, en Madrid. La propuesta reunía seis composiciones olfativas en recipientes de vidrio soplado a mano, vinculadas con el océano, lo animal, lo humano, la estratosfera, la tierra y la naturaleza. Conviene detenernos en esa palabra: composición. Evocar el océano mediante un olor implica elegir cómo aproximarse a una realidad inmensa. ¿Pensamos en la sal, en las algas, en una orilla después de la lluvia? Nuestras asociaciones no describen la fórmula de Tolaas. Pero nos permiten reconocer la dificultad de la tarea. Ninguna de estas impresiones podría contener por sí sola todo aquello que reconocemos como océano.

La intervención proponía experiencias olfativas relacionadas con los temas de la exposición. Su sentido se construía también en el recorrido, junto a las otras obras. El vidrio daba una forma visible a los recipientes; los olores introducían otra manera de experimentar el espacio. Había algo que podía señalarse y algo que exigía permanecer, aproximarse, respirar. La atención encontraba una materia para la que mirar resultaba insuficiente. Podemos pensar en el olor de la tierra. Para alguien quizá sugiera un jardín recién regado; para otra persona, una maceta removida o un camino que comienza a secarse. Incluso cuando coincidimos en el nombre, las imágenes que aparecen pueden ser distintas. Un olor familiar no trae consigo una explicación compartida. Cada quien intenta reconocerlo desde su experiencia, y a veces lo que encuentra es solamente extrañeza.

Esa diferencia importa al hablar de arte. Una composición olfativa puede proponer relaciones, pero no garantiza un recuerdo ni una emoción. Tampoco todas las personas perciben los olores de la misma manera o con la misma intensidad. La experiencia incluye esa diversidad: el entusiasmo, la incomodidad, la dificultad para distinguir algo. Respirar un mismo aire no significa recibir un mensaje idéntico. Quizá por eso resulta interesante intentar contar después lo que hemos olido. Decimos que algo se parece a una fruta, a una tela guardada, a una habitación que conocemos. Rodeamos la sensación con objetos y escenas. La memoria ofrece comparaciones, aunque ninguna termina de ajustarse. Entre la experiencia y su relato queda una distancia que también podría formar parte de la obra: aquello que sentimos y todavía no sabemos comunicar.

En una propuesta como esta, crear supone organizar las condiciones de un encuentro. La investigación de la artista, los recipientes, el montaje y las decisiones curatoriales participan de lo que llega al público. El encargo institucional hace posible una intervención que necesita convivir con un espacio y con otras piezas. Su realización reúne trabajos distintos; su interpretación permanece abierta a quienes la recorren. Pensar el olor como material artístico permite reconocer que una obra también puede tener una extensión cambiante. Algo de ella se dispersa, alcanza otros puntos del espacio y deja de percibirse. Su presencia pide tiempo. Podemos volver a buscarla, acercarnos otra vez, descubrir que ya no encontramos las palabras que habíamos elegido.

Al salir, quizá recordemos con precisión el contorno de un recipiente y seamos incapaces de describir lo que contenía. Quedará una impresión sin borde, una asociación que aparecerá más tarde, en otro lugar. ¿Dónde habrá terminado entonces la obra: en el vidrio, en la sala o en esa respiración que todavía intentamos recordar?

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