No recuerdo la primera vez que dibujé. Supongo que había una hoja, quizá un lápiz demasiado grande para mi mano o una crayola. No sé qué intentaba representar, tal vez nada. Lo que sí puedo imaginar es el asombro: mover la mano y descubrir que el movimiento dejaba algo detrás. Antes de la línea , el papel estaba vacío; después existía una marca que no había estado ahí y que nadie más habría podido hacer exactamente igual. Bastaba deslizar el color para que apareciera un camino, una forma, una presencia. La línea podía atravesar la hoja, salir de sus límites y continuar sobre la mesa; todavía no sabíamos que eso era un error.
Hay algo profundamente extraño y hermoso en descubrir que nuestro cuerpo puede dejar una huella. No sólo una mancha involuntaria o la marca de los dedos sobre un vidrio, sino algo que hemos decidido hacer aparecer. Durante la infancia dibujamos quizá por esa razón: porque nos maravilla ver cómo una parte de nosotros se queda sobre la superficie. No preguntamos si la línea es bonita, no nos preocupa que tiemble, que sea demasiado gruesa o que no llegue al lugar que habíamos imaginado. Dibujamos lo que sabemos de las cosas, pero también lo que sentimos frente a ellas.
Después aprendemos a mirar de otro modo, aprendemos que algunas cosas se parecen más que otras, que existen dibujos “bien hechos”, o una mano debe tener cinco dedos, que los ojos necesitan guardar cierta distancia y que una línea torcida puede arruinar un contorno. Desarrollamos cierto criterio, observamos con mayor precisión y comenzamos a distinguir aquello que nos parece hermoso de lo que consideramos feo. Todo eso también forma parte de crecer. Pero junto con el criterio aparece algo más: la conciencia de estar siendo observados.
Comenzamos a mirar nuestros dibujos con ojos ajenos e imaginamos la comparación antes de que ocurra. La mano duda, el lápiz apenas roza la hoja y, en ocasiones, antes de hacer una sola marca pronunciamos una sentencia definitiva: yo no sé dibujar. Siempre me ha inquietado esa frase. No decimos “todavía no sé dibujar esto” o “no sé cómo resolver esta forma”. Decimos que no sabemos dibujar, como si hubiéramos perdido por completo una capacidad que alguna vez ejercimos sin pedir permiso. Como si dibujar fuera un lugar al que sólo pueden entrar quienes aprendieron a no equivocarse.
Quizá lo que realmente queremos decir es que ya no sabemos dibujar sin vigilarnos. El miedo no está necesariamente en la línea, sino en lo que creemos que esa línea dirá sobre nosotros; si queda mal, tal vez revele que no somos hábiles, talentosos o suficientemente creativos. Una marca deja de ser una posibilidad y se convierte en una prueba y entonces preferimos no comenzar; dejando el papel intacto y, por un momento, parece más seguro no dejar ninguna huella.
La mano aprende atravesando el papel, no esperando frente a él. Aprende en las líneas repetidas, en los intentos que no se parecen a lo que imaginábamos, en la distancia entre aquello que queríamos hacer y lo que finalmente apareció. Ningún trazo nace completamente seguro. Incluso una línea firme contiene todos los movimientos anteriores que fueron necesarios para llegar hasta ella.
Dejar de vigilarnos no significa renunciar al criterio. Significa permitir que la imagen exista antes de juzgarla. Darle tiempo para mostrarnos qué puede ser. Una línea mal colocada puede cambiar la dirección de un dibujo; una mancha puede convertirse en sombra, cabello, nube o profundidad. A veces crear consiste en seguir el accidente lo suficiente para descubrir que también sabía un camino.
Pienso que una línea temblorosa conserva algo que una línea perfecta puede perder: la memoria del cuerpo que la hizo. Allí quedaron la duda, la respiración, la velocidad y el esfuerzo por avanzar. No es solamente el contorno de una figura. También es el registro de alguien intentando encontrarse con ella.
Quizá nunca dejamos de saber dibujar. Aprendimos, más bien, a desconfiar de nuestra propia huella. A preguntarnos demasiado pronto si es correcta, si es hermosa, si se parece a las demás. Olvidamos el asombro de crear algo que antes no estaba.