Kristel González

Cartografía de una mesa

Hay mesas que difícilmente podrían aparecer en una fotografía de catálogo. Sobre ellas conviven pinceles endurecidos por restos de pintura, tijeras, lápices sin punta, papeles cortados, libros abiertos, una taza que hace horas dejó de estar caliente, hilos, piedras, hojas secas y pequeños objetos cuyo propósito resulta difícil explicar. A veces también hay una mancha que ya nadie recuerda cómo llegó hasta ahí. Podríamos decir que es desorden. Pero sospecho que algunas mesas son, en realidad, una especie de autorretrato.

El autorretrato suele hacernos pensar inmediatamente en el rostro. En mirarnos frente al espejo y tratar de reconocernos en la forma de los ojos, la nariz, la boca, las proporciones que nos distinguen de cualquier otra persona. Sin embargo, un autorretrato no necesariamente necesita parecerse físicamente a quien representa. Quizá también podríamos preguntarnos qué objetos serían capaces de hablar de nosotros si nuestro cuerpo desapareciera de la imagen.

Pienso entonces en una mesa de trabajo. Una mesa conserva rastros. El vaso de agua turbia donde fueron limpiados los pinceles habla de los colores utilizados. Los recortes acumulados muestran decisiones anteriores. Un libro permanece abierto porque alguna frase interrumpió momentáneamente el trabajo. Hay pruebas que no funcionaron, dibujos incompletos, materiales que todavía no sabemos para qué servirán. Incluso aquello que parece basura puede contener una posibilidad futura.

Trabajar creativamente produce residuos, pero también produce pequeñas evidencias. Quizá por eso me gustan los espacios de trabajo cuando todavía están siendo utilizados. Antes de ordenarlos, antes de guardar cada herramienta en su caja y limpiar la superficie. Hay algo particularmente sincero en ese instante. La mesa no muestra solamente aquello que conseguimos terminar; también conserva las dudas, las interrupciones, los intentos y las ideas que fueron abandonadas a mitad del camino.

Una obra terminada suele ocultar buena parte de su proceso. Frente a ella vemos el resultado y difícilmente podemos reconstruir todas las decisiones que hicieron falta para llegar hasta ahí. La mesa, en cambio, cuenta otra historia. Sobre su superficie permanece aquello que la obra decidió expulsar: colores descartados, bocetos, pruebas, errores. Tal vez por eso observar el lugar donde alguien crea puede decirnos algo sobre su manera de pensar.

Hay quienes necesitan despejar completamente la superficie antes de comenzar. Hay quienes construyen pequeñas constelaciones de objetos alrededor suyo. Quienes acumulan referencias. Quienes guardan piedras, semillas, fotografías, estampas o papeles porque intuyen que algún día podrían convertirse en otra cosa. Quienes trabajan con una libreta impecable y quienes escriben encima de cualquier recibo que encuentran cerca cuando aparece una idea. No creo que exista una forma correcta. Lo interesante es pensar que, mientras trabajamos, organizamos el mundo exterior de una manera parecida a como organizamos —o desorganizamos— nuestro pensamiento. Acercamos ciertas cosas. Alejamos otras. Dejamos algunas a la vista para no olvidarlas. Construimos relaciones improbables entre objetos que originalmente no tenían nada que ver entre sí. Una hoja seca termina junto a una fotografía; una frase subrayada conversa con un dibujo; el color de una envoltura encuentra accidentalmente el tono que llevábamos varios minutos intentando mezclar.

Crear también consiste en permitir esos encuentros. Por eso una mesa de trabajo nunca es solamente una superficie horizontal. Poco a poco se convierte en territorio. Tiene zonas frecuentadas y rincones abandonados, objetos permanentes y visitantes momentáneos. Posee incluso una geografía particular: aquello que necesitamos constantemente permanece al alcance de la mano; aquello que todavía no comprendemos puede quedarse durante semanas en algún extremo esperando su momento. Y quizá habitamos de manera parecida nuestra propia memoria.

Las tijeras abiertas. Un lápiz pequeño de tanto afilarlo. Tres libros que no deberían tener ninguna relación entre sí. Una hoja encontrada en la calle. Una taza olvidada. Una mancha de pintura. Un dibujo incompleto y, debajo de él, otro dibujo que decidimos abandonar. Si alguien observara cuidadosamente todos esos objetos quizá no sabría cómo es nuestro rostro. Pero podría empezar a descubrir cómo miramos. Y quizá, para un autorretrato, eso sea mucho más revelador.

Te recomendamos