Kristel González

Aprender a mirar desde una caja de madera

En ocasiones, una misma aprende a mirar hacia otro lado, como si no reconociera en el reflejo algo demasiado cercano, algo que se parece demasiado

Aprender a mirar no siempre ocurre frente a una imagen terminada; a veces sucede observando los gestos que la hacen posible. Así fue como aprendí a mirar una caja. La caja de madera no estaba limpia, pero era lo más bello que había visto: tenía manchas secas de pintura, marcas de uso y unos alcatraces blancos pintados en toda la tapa. Era una caja que había sido abierta muchas veces; una de sus bisagras estaba floja y, aún así, volvía a cerrar. Yo la miraba como se miran las cosas que prometen algo sin decirlo, como si dentro no guardara solo pinceles, sino una forma posible de estar en el mundo.

Dentro vivían los pinceles. No mezclados, no al azar: cada uno tenía su lugar, como si también ellos necesitaran descanso después de haber sostenido el color. Antes de guardarlos, ella los limpiaba con una paciencia casi solemne. Los enjuagaba con cuidado, los secaba uno por uno, los acomodaba con atención. El trapo con el que los limpiaba quedaba lleno de color: restos de azul, muchos ocres, verdes gastados. El olor del solvente y del aceite de linaza se quedaba flotando en el aire, espeso, reconocible, como una presencia que anunciaba que ahí había ocurrido algo importante.

Pintaba en casa, en la mesa del comedor, del lado de la ventana para aprovechar la luz natural. Sin embargo, recuerdo mejor el momento previo a salir a sus clases. Alistaba su bolsa con todo el material, doblaba el delantal, revisaba que nada faltara: ¿las llaves?, ¿los lentes?, ¿la caja de los pinceles? Nunca faltaba. Había en ese gesto una atención que no pedía reconocimiento. Ir a clases no era un pasatiempo ni una distracción: era una forma de insistir. Aunque nadie lo nombrara así. Aunque no siempre se entendiera la necesidad de aprender, de probar otra técnica, de volver a empezar.

Había un cuadro que siempre recuerdo: una escena de playa, una montaña al fondo, un nido de gaviotas. No sé si estaba terminado, aunque tenía su firma. Tal vez nunca lo estuvo. Pero estaba ahí, sosteniendo una quietud que no necesitaba explicación. Como si el paisaje supiera algo que no hacía falta decir en voz alta. Como si pintar también fuera una manera de quedarse mirando.

Yo observaba, tocaba los pinceles cuando podía, sentía la textura después de ser lavados, imaginaba mis propias manos guardando mis pinceles algún día en una caja parecida. Añoraba aprender a pintar, tener mis propias herramientas, reconocer los materiales por su peso y su olor. Quería pintar y aprender, quería entender qué era esa concentración que volvía todo lo demás irrelevante: la ropa manchada, el tiempo suspendido frente al bastidor, la atención enfocada por completo en una superficie y un gesto.

Siempre hemos sido un poco eso: las que pintan, las que necesitan aprender, las que se manchan sin pedir permiso; las que no saben explicar del todo por qué crear es tan urgente; a veces esa urgencia incomoda a veces se ignora. En ocasiones, una misma aprende a mirar hacia otro lado, como si no reconociera en el reflejo algo demasiado cercano, algo que se parece demasiado y que hay que aprender a habitar y atravesar.

Pero la caja sigue aquí, incluso cuando no está. Sigue en la forma en que limpio mis pinceles; en el cuidado con el que preparo mis materiales; en la atención que le doy a lo que amo. En la certeza silenciosa de que crear no es huir, sino quedarse, insistir, permanecer presente.

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