Hace unos días mi papá Juan Botello Orta partió a la Casa del Padre Celestial, a sus noventa y dos años de edad, después de conformar con mi mamá Angeles Montes Hernández una familia feliz integrada por ocho hijos, nietos, bisnietos y tataranietos, viniendo a mi mente esa frase que he escucha y que desgraciadamente hoy parece que ya es normal en la mayoría de las familias mexicanas, “Hay hijos huérfanos, con padres vivos” y por fortuna en mi caso no fui un huérfano y mis padres fueron siempre y así lo estarán presentes en mi vida.

Desafortunadamente únicamente el 63.2 por ciento de los niños viven con ambos padres, lo que significa que el el diferencial viven con uno solo y lo que es más incluso con ninguno de los dos, desde luego la familia unioarental puede ser encabezada por uno solo, padre o madre por razones naturales ante la muerte de uno de ellos, pero un gran porcentaje de ellas es ante el abandono de sus responsables del padre.

Pero ahora bien, de ese 63.2 por ciento de las familias cuyas cabezas estadísticamente son tanto de hombre como de una mujer, muchas de ellas, sino es que la mayoría, en la realidad se componen por hijos huérfanos con padres vivos.

Y esto lo digo por que desafortunadamente varios padres de familia, tienen el mismo techo en la casa familia, pero son ausentes en la formación y educación de sus hijos, ya se por cuestiones laborales, como también por las usos y costumbres que tienen en lo que debiera ser su hogar, ya que están en lo suyo y poco muy poco velan por el bienestar de sus hijos y de la familia.

Algunos salen muy temprano a su centro laboral y regresan ya por las noches, sin poder convivir o estar pendientes de sus hijos; otros más aún cuando esta. Físicamente no congenian o interactúan con los integrantes de la familia y aún más ese instrumento que debe ser para cercarnos, su uso en las familias suele ser en su uso un motivo de distanciamiento y me refiero al teléfono celular.

Los domingos acudíamos a misa en familia y en julio en algunas ocasiones a la peregrinación a pie de Querétaro al Tepeyac y junto con mi mamá, se integraron al Movimiento Familiar Cristianos que les ayuda aún más para sacar adelante a quienes ya asomábamos a la vida adolescente, así como en lo personal haber acudido junto con sus compadres y compañeros de trabajo al encuentro de Cuesillos de Cristiandad, como la amistad que sostuvo con sacerdotes como José Morales Flores, Ernesto Epitia o Gustavo San Martín.

Aun cuando joven no militó en el Partido Acción Nacional, sí apoyo a su compadre Atanacio Corona Arvizu cuando a principios de los 70s se postuló a Diputado Federal y después ya en su imprenta apoyar con impresos diversos para las campañas panistas federales como la de Manuel Clouthier, Diego Fernández de Cevallos, Francisco Ugalde Alvarez o Arturo Nava, así como para eventos partidistas y al final participar ya como militante en el PAN.

En fin, eso son sólo unas referencia de lo muchos que se hizo y se hará presente en mi vida, ya que con su ejemplo siempre estuvo presente y me enseñó desde niño hasta su partido qué hay que trabajar de manera leal y honesta, siempre teniendo por delante la Familia, la Libertad y la Patria. Por fortuna no fue parte de ese gran número de personas que son por desgracia “hijos huérfanos, de padres vivos”.

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