Hay una escena que todos recordamos, aunque no seamos lectores de cómics: un joven Peter Parker descubre que puede trepar paredes y detener autos. En lugar de aplaudirlo y sin imaginar al héroe que esto gestaría, su tío Ben le advierte algo que trascendió las viñetas: un gran poder conlleva una gran responsabilidad. No es una frase sobre superhéroes. Es una frase sobre todos nosotros.
Porque el poder no es exclusivo de quien trepa edificios. Existe el poder del capital, el de las ideas y el de la organización colectiva. Y en América Latina -una región que no necesita más diagnósticos, sino más ejemplos de lo que sí funciona- hay personas que decidieron que su poder no era un privilegio para guardar, sino una herramienta para prestar.
Pensemos primero en el poder económico. En Oaxaca, el empresario Alfredo Harp Helú construyó desde 1990 una red de museos, bibliotecas y talleres de restauración hoy referencia nacional. Tras los sismos de 2017, su fundación destinó más de 700 millones de pesos a la reconstrucción. Entendió que la riqueza que no se convierte en infraestructura para otros, termina siendo solo un número en una cuenta.
Qué decir del poder de una política educativa bien construida, con un mexicano que la historia recuerda menos de lo que debería: Rafael Ramírez Castañeda, maestro veracruzano que en 1923 encabezó la Primera Misión Cultural en Zacualtipán, Hidalgo. Sin fortuna ni reflectores, sentó las bases de la Escuela Rural Mexicana: llevó alfabetización, salud básica y educación técnica a comunidades campesinas e indígenas que en 1920 representaban al 75% del país. No fundó un banco ni gobernó una ciudad; transformó la política educativa nacional aula por aula, comunidad por comunidad.
Y finalmente, el poder colectivo de la gente común. En 1997, universitarios chilenos, sin fortuna ni cargo público, decidieron que no podía seguir habiendo familias en asentamientos precarios mientras ellos discutían la pobreza en las aulas. Así nació TECHO, hoy la mayor organización de vivienda de Latinoamérica: más de un millón de voluntarios y 135 mil viviendas en 18 países, incluido México.
Lo que une a Harp Helú, a Ramírez Castañeda y a TECHO no es el tamaño de su cuenta bancaria ni su currículum. Es que, frente a un problema social concreto, ninguno esperó a que "alguien más" lo resolviera.
Aquí, en Querétaro, no hace falta una fortuna ni un cargo público para ejercer un gran poder. El empresario que capacita a un proveedor local. El profesionista que dedica dos horas a mentorear a un estudiante técnico. El vecino que organiza a su colonia para resolver lo que ningún trámite ha resuelto en años. Todos tenemos una cuota de poder, del tamaño de nuestro tiempo y nuestra voluntad.
La pregunta no es cuánto poder tenemos, porque todos tenemos alguno. Es qué hacemos con él. El tío Ben no le pidió a Peter Parker salvar al mundo; le pidió no ser indiferente al pedazo de mundo a su alcance. Ese es el punto de partida para dejar de ser espectador de los problemas de la comunidad, y empezar a ser protagonista de sus soluciones.
@Jorge_GVR