Jorge Gutiérrez de Velasco

Nacionalismo desde la raíz

Aterrizaba esa noche el último vuelo procedente de la Ciudad de México, con la cabina llena de familias que regresaban de gritar "¡Viva México!" en el Zócalo. Desde la torre de control, mientras se coordinaba el descenso, alcancé a ver deshacerse en el cielo de Querétaro los últimos cohetes de la fiesta. Fue un 15 de septiembre distinto a los que recuerdo de niño: menos estridente, tal vez, pero no por ello menos genuino. Los pasajeros bajaban del avión con la bandera aún pintada en la mejilla, y pensé que ahí, en ese gesto sencillo, seguía viva una parte del país que las encuestas y los noticieros rara vez alcanzan a medir.

Es importante decirlo con claridad: el nacionalismo mexicano no ha desaparecido, pero sí se ha desgastado. Una encuesta de Gabinete de Comunicación Estratégica levantada en 2022 documentó algo revelador: mientras que el orgullo de ser mexicano se mantenía por encima del 90 por ciento, apenas 67 de cada 100 consultados consideraban que había motivos reales para celebrar. Ese diferencial -sentirnos orgullosos de lo que somos, pero escépticos de lo que tenemos- es el síntoma de una época, no una sentencia definitiva. El orgullo no se ha ido, ha aprendido a desconfiar del discurso que lo invoca.

Llevo mas de 25 años trabajando en educación pública y liderazgo institucional en México, y he aprendido que el país no se construye desde los grandes anuncios, sino desde las decisiones pequeñas y sostenidas. Cuando en Querétaro empezamos a formar talento aeroespacial hace casi dos décadas, nadie hablaba de nacionalismo. Se hablaba de currículos, de certificaciones, de horas de vuelo y de convenios con la industria. El resultado, sin embargo, terminó siendo profundamente patrio: miles de jóvenes queretanos construyendo, hoy, componentes que vuelan por el mundo. Ese es el nacionalismo que funciona: el que no se declara, se demuestra.

Y si buscamos de dónde renovar ese entusiasmo, no hace falta inventar nada. México es, según datos del INAH y la UNESCO, el primer país de América y el sexto del mundo en sitios declarados Patrimonio de la Humanidad, con 187 zonas arqueológicas abiertas al público de más de 54 mil registradas en el territorio nacional. Nuestras raíces prehispánicas no son un capítulo cerrado de la historia: son una infraestructura simbólica viva, tan sólida como cualquier pista de aterrizaje, sobre la cual seguimos construyendo identidad. Ahí hay entusiasmo genuino esperando ser retomado, sin necesidad de banderas partidistas ni de relatos de agravio.

Por eso creo que el nacionalismo que necesitamos hoy no se ejerce gritando desde el balcón una vez al año, ni se agota en el reclamo colectivo hacia quienes gobiernan. Se ejerce desde la responsabilidad personal: en el negocio que se administra con honestidad, en la comunidad que se cuida sin esperar a que alguien más lo haga, en el trabajo bien hecho aunque nadie lo aplauda. El país se defiende mejor construyendo que reclamando, y cada quien tiene una pista propia desde la cual despegar esa tarea.

No necesitamos que nos convenzan de que hay motivos para celebrar. Necesitamos, cada uno desde su lugar, dar esos motivos. Este martes #DesdeCabina grito: ¡Viva México!

@Jorge_GVR

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