Jorge Gutiérrez de Velasco

Gestión del tiempo: no es agenda, es criterio

No todas las horas valen lo mismo. Hay momentos del día para pensar, otros para ejecutar y otros para escuchar

En múltiples ocasiones he participado en ejercicios de coaching en los que indudablemente surgen áreas de oportunidad que muchos directivos evidenciamos constantemente. Una de ellas, y que hoy motiva esta colaboración #DesdeCabina, es la gestión del tiempo, competencia necesaria no solo para las actividades productivas, sino para la vida en lo general. Me explico.

La mayoría de las personas decimos que no tenemos tiempo. La verdad es más incómoda: sí lo tenemos, pero no sabemos administrarlo. Gestionar el tiempo no es llenar una agenda ni vivir persiguiendo alertas del celular. Eso es administración de tareas, no liderazgo personal. El verdadero reto no está en hacer más cosas, sino en decidir mejor qué sí merece ser hecho y qué no con las 24 horas con que todos contamos.

Hay una trampa frecuente: confundir movimiento con progreso. Responder correos, atender llamadas, ir de reunión en reunión, “estar ocupado”. Todo eso da la sensación de productividad, pero muchas veces es solo ruido. El progreso real casi siempre ocurre en espacios silenciosos: cuando pensamos, cuando decidimos, cuando priorizamos.

La gestión del tiempo empieza con una pregunta incómoda: ¿esto que estoy haciendo hoy acerca o aleja al futuro que digo querer? Si la respuesta no es clara, probablemente no es prioridad. El tiempo no se organiza, se defiende. Se defiende de interrupciones innecesarias, de urgencias ajenas, de compromisos que no aportan valor. Decir sí a todo es una forma elegante de perder el control.

Quien lidera —una empresa, un proyecto, una familia o su propia vida— entiende algo clave: cada “sí” es un “no” a otra cosa. Y normalmente ese “no” termina afectando a lo verdaderamente importante: la estrategia, la salud, la familia, la visión de largo plazo.

Gestionar el tiempo también implica reconocer ritmos. No todas las horas valen lo mismo. Hay momentos del día para pensar, otros para ejecutar y otros para escuchar. Mezclarlos sin conciencia genera desgaste y reduce la calidad de las decisiones.

Un principio simple pero poderoso: lo urgente se atiende, lo importante se agenda y lo irrelevante se elimina (según lo planteó conceptualmente Dwight D. Eisenhower), aquí está la parte más difícil: eliminar. Quitar reuniones que no aportan, delegar lo que no requiere tu criterio, dejar de hacer cosas que siempre se han hecho así. Cada eliminación bien hecha libera tiempo, energía y claridad.

La mala gestión del tiempo rara vez se nota de inmediato. Se manifiesta en cansancio constante, decisiones reactivas, agendas llenas y resultados pobres. Por el contrario, cuando el tiempo se gobierna, aparece el espacio para pensar mejor, decidir con calma y actuar con intención. Gestionar el tiempo no es una técnica, es una postura frente a la vida. Es decidir ser protagonista y no rehén del día. Es entender que el tiempo no se pierde: se invierte o se desperdicia. Y como toda inversión, tarde o temprano muestra sus rendimientos.

La pregunta no es si tienes tiempo. La pregunta es en qué lo estás invirtiendo y si ese uso está alineado con la vida que quieres construir. Tú, ¿qué piensas?

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